Por poner un ejemplo, digamos “Misión Imposible: sentencia final”, última entrega de la saga hollywoodense que inició hace 30 años Tom Cruise. Por decir un cine, Cine Rex, de Roca. Desde que se estrenó la película, el 23 de mayo, hay funciones todos los días. Todas a las 21:40. Todas en castellano.
Por decir otra opción, Cinemark, de Neuquén. Todos los días hay cuatro funciones. Una sola se ofrece en versión subtitulada, a las 22:40. Menos los sábados. Ese día son todas dobladas en castellano. Lo mismo ocurre en Cinépolis, también de Neuquén: dos o tres funciones diarias en castellano y una sola subtitulada, a las 22:30 o 23:00. El sábado, el día que más gente sale, las tres son en castellano. La misión difícil, sino imposible, será escuchar la voz de Cruise.
En todo el país
No es algo estrictamente local. Ocurre en todo el país. En la mayoría de los complejos, la oferta de películas habladas en su idioma original y subtituladas, representa apenas el 10% de la cartelera, cuando hace 15 años era del 40%. No importa si se trata de una película para adultos. De un tiempo a esta parte, y sobre todo después de las pandemia, los cines optaron por inclinar la balanza hacia el doblaje. El gerente de una cadena de cines de la región que prefirió no identificarse, explicó a Literal, que es una cuestión de mercado: después de la pandemia, ante la opción, el público prefiere ver la película doblada al castellano. “Las salas de las películas con subtítulos venden pocas entradas, mientras que las dobladas al castellano tienen más público”, dijo.
Hay varias razones para esta tendencia. Una es el mercado, que no es más que un dato de la realidad: la gente prefiere ver películas subtituladas, aunque eso no responde por qué. La otra tiene que ver con la Ley de Doblaje, de 2013, que obligó a emitir películas y series por televisión dobladas al español por actores y locutores locales. Pero lo cierto es que ya en 2011, una de las películas más taquilleras de ese momento, «Amanecer parte 1», de la saga Crepúsculo, llegó al país con más copias dobladas que subtituladas.
El esfuerzo de leer
Hay una tercera razón, que quizás se acerque a las causas: el consumo de redes sociales y de plataformas de streaming potenció cierto desinterés ante el “esfuerzo” de leer. Además, los celulares y las notificaciones disputan la atención y hacen más difícil la concentración. Hay, quizás una cuarta razón: se lee menos. La mezcla de la tecnología, el cambio cultural, y las deficiencias de la política educativa hicieron el resto. Vale recordar que las últimas pruebas Aprender arrojaron el estremecedor dato de que uno de cada diez chicos de tercer grado no sabe leer.
«Me cansé. Me ganaron el pochoclo y el doblaje. Hoy el negocio del cine no son las películas, son las golosinas y las gaseosas. Y el otro problema que tenemos es que antes nuestro público estaba acostumbrado a escuchar a Marlon Brando en inglés y a Mastroianni en italiano. Hoy, los exhibidores multipantalla solo quieren películas dobladas y con eso fueron raleando al público bueno del cine, ese público que no quiere que al lado se le siente alguien comiendo pochoclo, con ese olor y ese ruido. Las películas buenas cada vez tienen menos pantallas», le dijo al periodista y crítico de cine Marcelo Stiletano, Bernardo Zupnik, cuando decidió cerrar Distribution Company, la más antigua e importante distribuidora de cine independiente.
Otra historia
No siempre fue así en la Argentina. En el capítulo “Avatares de la palabra. Talkies, subtítulos y doblaje”, del libro “Borges va al cine”, de Gonzalo Aguilar y Emiliano Jelicié (Libraria, 2010), los autores cuentan que, en las décadas del 30 y del 40 del siglo pasado el público prefería las películas subtituladas y con el sonido original. La precaria compulsa fue así: un mismo cine ofreció “Laura”, de Otto Preminger, subtitulada, y “Tener y no tener”, de Howard Hawks (doblada). Aunque la segunda película, con Humphrey Bogart, había tenido mucha más publicidad, la gente prefirió el film de Preminger. La conclusión por aquellos años fue que “el avance de la alfabetización era una realidad en el país” y que “ fueron los espectadores argentinos los que echaron al doblaje de las salas”.
Puede ser. Es exactamente lo contrario a lo que ocurre hoy. Las pruebas Aprender muestran un retroceso en la alfabetización, y la cartelera indica que nadie echa al doblaje de ningún lado. Quizás sea una cuestión de gustos. O un síntoma de época.

