Alcanza con googlear “silla de ruedas” para encontrar una serie de imágenes casi idénticas. Modelos que se venden en plataformas masivas, todos con una ausencia casi total de innovación visible: estructuras pesadas, ruedas duras, una pesadilla si uno quiere desplazarse por sus propios medios. Cero tecnología, cero diseño pensado para quien pasa gran parte de su vida en ese dispositivo.
Con el calor de estos días hay una escena que se repite por la ciudad y, con más crudeza, en la periferia: personas en silla de ruedas sentadas en el frente de sus casas, buscando algo de sombra o de aire. No son lo que solemos llamar, de manera imprecisa, “discapacitados”. Son, en su mayoría, personas mayores que han perdido autonomía, a veces por razones puntuales, a veces por el desgaste propio del tiempo.
Son usuarios activos de una silla que no fue pensada para ser habitada. Para muchos de ellos, la silla no es un medio de transporte ocasional: es el lugar donde pasan horas, a veces casi todo el día.
Trabajé más de quince años en PAMI. En todo ese tiempo no vi una sola mejora sustantiva proveniente de la industria o de los proveedores en las sillas de ruedas que se entregan de manera estándar. No es un problema de la institución que las compra, sino de la oferta disponible.
Mientras el mundo avanzó en diseño centrado en el usuario, confort y conectividad en casi todos los dispositivos, la silla de ruedas quedó congelada en otra época. Hay equipamientos ultra sofisticados para algunos casos específicos; para el resto, un artefacto con 100 años de atraso.
¿No sería razonable que esa silla permitiera cargar un celular, conectar un auricular, reclinar mínimamente el respaldo, apoyar un vaso, pesar menos? No se trata de lujo ni de sofisticación tecnológica. Se trata de pensar un objeto desde la vida real de quien lo usa.
Cuando el problema no es la tecnología sino el espacio urbano
Pero esta nota no está orientada a una queja por una tecnología obsoleta ni a un llamado a las facultades de ingeniería. Una silla mejor no alcanza si no hay veredas transitables, rampas funcionales ni espacios públicos accesibles. La tecnología puede mejorar la experiencia; la ciudad define si esa experiencia es posible. La accesibilidad no se agota en el equipamiento. Es, sobre todo, una cuestión urbana.
Durante años me llamó la atención algo que vi en Alemania, Inglaterra y otras ciudades de Europa del norte: la enorme cantidad de personas que circulaban por la ciudad en sillas de ruedas y se auto propulsaban. Estaban en las calles, en cafeterías, en estadios de fútbol, cines y transporte público. Eran visibles. Existían.
En cambio, en Argentina en general, y en Roca en particular, cruzarse con una persona en silla de ruedas sigue siendo algo excepcional. La explicación rápida suele ser: “las guerras, allá hay más discapacitados”. La explicación real es otra, mucho más incómoda: acá la ciudad no está hecha para ellos.
No es un problema epidemiológico. Las enfermedades neurológicas, oncológicas, traumáticas o degenerativas, y la simple realidad de que vivimos más, no respetan fronteras. Lo que cambia no es la cantidad de personas con discapacidad, sino la posibilidad concreta de circular, permanecer y vivir en el espacio público.
Con un amigo caminamos la ciudad todos los días. Elegimos distintos recorridos, distintas veredas, distintas cuadras. El resultado es siempre el mismo: no hay una cuadra que no tenga al menos un frente con la vereda en estado de abandono.
Esto dice dos cosas. La primera, que hay frentistas que no piensan en el prójimo. La segunda, más grave, que hay un municipio que no se los recuerda.
Cuando el problema es excepcional, puede atribuirse a incumplimientos individuales. Cuando es generalizado, deja de ser un problema privado y se transforma en una responsabilidad del Estado. Reparar veredas no es técnicamente complejo ni económicamente inviable. Requiere decisión.
Tampoco vuelve accesible una rampa rota el hecho de pintarla de amarillo en vísperas del aniversario de la ciudad. El maquillaje urbano no reemplaza a la infraestructura.
Después de más de veinte años de continuidad política bajo el mismo signo, es justo reconocer lo que mejoró. Pero también es inevitable señalar lo que sigue igual. La permanencia otorga mérito, pero también responsabilidad.
La falta de accesibilidad no afecta únicamente a las personas con discapacidad. Afecta a cualquiera que no sea joven, sano y perfectamente caminante.
Una ciudad inaccesible no discrimina: expulsa.
No vemos personas en silla de ruedas en la calle porque no las haya.
No las vemos porque la ciudad las expulsa.
Y una ciudad que no puede ser usada por todos no es moderna, no es eficiente y no es justa.
(*) Médico pediatra y docente universitario

