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De Roca a Suiza: Joaquín Urdinez y su rol clave en una “fábrica” de piel humana

Formado en la universidad pública argentina y con experiencia académica en Estados Unidos y Europa, el biotecnólogo roquense es hoy director de Operaciones en una empresa que desarrolla terapias a partir de células madre.
Joaquín Urdinez, biotecnólogo roquense, durante la entrevista con Literal, ante de su regreso a Suiza, donde reside desde hace 10 años.

Pasaron 18 años desde aquella “bajada” del Domingo Savio, ese momento en el que no sabía que la vida lo llevaría por tantos caminos diferentes. De lo que sí estaba seguro cuando egresó de la secundaria era que su futuro se construiría sobre la base del esfuerzo, en una atmósfera donde trabajar y estudiar eran conceptos totalmente compatibles. Ahora, en los primeros días del 2026, a escasos 300 metros del colegio salesiano, Joaquín Urdinez repasa esa historia ante Literal. Una historia que lo llevó de Roca a Quilmes, de Quilmes a Nueva York y de Nueva York a Zurich, donde hace pocos meses fue designado como director de Operaciones en Cutiss, una empresa suiza especializada en investigación y terapias para la piel.

Desde su página web, Cuitss explica que su misión es “revolucionar la cirugía de la piel y avanzar en la dermatología a través de terapias de tejidos personalizadas, aprovechando la automatización de vanguardia para garantizar la escalabilidad, la precisión y la accesibilidad global del paciente”.

Durante la charla con el biotecnólogo roquense, de 36 años, esa explicación quedará más clara: el proceso desarrollado les permite en la actualidad “fabricar” piel humana, a partir de células madre.

La coyuntura también fue parte de la entrevista, porque esos avances logrados durante los últimos años serán muy importantes para la recuperación de muchas personas heridas en el inicio de este año, durante el trágico incendio ocurrido en el bar de un centro de esquí, en Suiza.

Los inicios en Buenos Aires

P: La historia empieza en el colegio Domingo Savio. Egreso en el 2007… y desde ahí, ¿a dónde?

R: Primero en Buenos Aires, particularmente en Quilmes, en el partido de Quilmes, en el Gran Buenos Aires. Ahí viví un par de años, estudié en la Universidad Nacional de Quilmes. Después me mudé a Capital, terminé la carrera desde ahí y empecé a trabajar. Estuve varios años en la región de Buenos Aires y Gran Buenos Aires.

P: Hiciste la carrera de grado de…

R: Licenciatura en Biotecnología.

P: Y siempre desde ahí, desde la carrera universitaria con la idea de perfeccionarte en el mundo, de seguir tu carrera en el exterior, ¿cómo se fue dando eso?

R: Fue un poco así, bastante desde la ilusión de un chico, sin tener demasiada dimensión de lo que se venía. Cuando me fui a Buenos Aires, me fui con la idea de que me iba a ir a algún lado. No sabía a dónde ni para qué, pero ese era el objetivo. En ese proceso empecé a estudiar y a entender qué era lo que estudiaba. Se fue materializando la idea de que había elegido una carrera con salida afuera, que la universidad había sido una buena elección y que la formación me permitió empezar a trabajar al poco tiempo de graduarme, lo que me dio bastante tracción después.

Ser biotecnólogo en Argentina

P: Demos un paso atrás en ese recorrido. Contanos qué es ser biotecnólogo y qué es ser biotecnólogo específicamente en Argentina…

R: Ser biotecnólogo es ser varias cosas. La biotecnología es una rama transversal que atraviesa áreas como la bioquímica, la biología, la ingeniería genética y la química. Básicamente es la biología aplicada a la producción de bienes y servicios. A diferencia de la biología o la bioquímica pura, la biotecnología es una tecnología: utiliza organismos o partes de organismos —bacterias, células, órganos, plantas— con fines tecnológicos y específicos.

P: ¿Cómo se inserta esa profesión en Argentina? ¿Hay desarrollo?

R: Hay de todo. En general sí. Argentina ha tenido ciclos según la inversión en la industria biotecnológica. La biotecnología es muy amplia y toca sectores como el agro, el farmacéutico, el diagnóstico e incluso el minero. Por ejemplo, la biorremediación, que trabaja en sanear accidentes geológicos o petroleros mediante microorganismos. Pero el núcleo más grande fuera del ámbito académico está en empresas vinculadas a lo médico y la salud.

Una familia, dos becas Fulbright

P: Bien. Y hacia ahí fuiste. Con una beca Fulbright, la siguiente estación fue Estados Unidos.

R: Sí. Terminé la licenciatura en Quilmes en 2012 con muchas ganas de insertarme en una empresa. Antes de Estados Unidos trabajé un año y medio en una empresa que hoy se llama MapScience, antes PharmaDN, del grupo Insud, de Hugo Sigman y Silvia Gold. Fue una gran experiencia y un claro ejemplo de que en Argentina hay oportunidades. Después de ese tiempo apareció la oportunidad de la beca.

P: ¿Fuiste a Estados Unidos con la idea de trabajar y estudiar?

R: Trabajar y estudiar, sí. Fue el paso más arriesgado de mi carrera. Tenía un año y medio de experiencia profesional, 23 o 24 años, y podría haber seguido trabajando, pero apareció esa oportunidad. Me había estado preparando esos años, mi hermano (Francisco Urdinez) había ganado esa beca antes.

P: Deben ser el extraño caso de dos hermanos de Roca ganando la beca Fulbright, ¿no?

R: No hay muchos, por lo menos yo no conocí otros. Es una beca muy competitiva, una “beca de excelencia”. Hay mérito, burocracia y también una dosis de suerte. Pero sí, es una peculiaridad roquense, supongo.

La universidad argentina como ventaja

P: Y ahí aparece St. John’s, en Nueva York. ¿En qué te especializaste?

R: Hice una maestría en biotecnología farmacéutica. Podría haber sido en negocios, agraria o diagnóstico, pero esta era farmacéutica porque la universidad tiene una buena escuela de farmacia. Fue un paso en la dirección que ya había tomado y el primero definitorio de decir qué camino seguir.

P: ¿Y cómo llegás a Suiza?

R: Fue una transición. Con la beca Fulbright, después de la maestría tenés que irte de Estados Unidos. Yo ya sabía que después de dos años se terminaba ese período. A Suiza llego porque en Estados Unidos tenía una carga horaria flexible y, viniendo de la universidad pública argentina, se me hizo bastante fácil, a mí y a otros colegas argentinos. Punto a favor de la educación pública.

P: Eso es para remarcar: el peso de la formación en la universidad argentina…

R: Tremenda base. Fue fantástica. Después de la maestría en Estados Unidos y el doctorado en Suiza, aún hoy me atrevo a decir que en Quilmes aprendí la mayor cantidad de cosas que sé y aplico. La formación científica básica y la disciplina me las dio la universidad pública.

Seis años atrás. Joaquín Urdinez en Suiza, durante la defensa de su tesis doctoral.

“Una fábrica de órganos”

P: Vamos a Suiza y a lo que estás haciendo hoy.

R: Llegué para hacer un doctorado en oncología a nivel de biología molecular, estudiando los mecanismos que hacen que una célula se comporte como cáncer. Eso me abrió la puerta a empresas de terapias celulares. Así llegué a Cutiss. Cuando entré éramos 7 u 8 personas; hoy somos alrededor de 60 ó 65. El producto es piel humana crecida artificialmente a partir de células del propio paciente, lo que lo convierte en un producto autólogo. Al aislar y expandir células madre en laboratorio, el potencial de recursos es casi infinito.

P: En términos más vulgares, ¿pueden hacer “crecer” piel?

R: Exactamente. Es una fábrica de órganos. Al fin y cabo, la piel es el órgano más grande de nuestro cuerpo humano. Por lo tanto, cumple una función súper importante. Y su ausencia o su estructura alterada tiene muchas repercusiones a nivel salud muy graves. Tratamos sobre todo a pacientes que han sufrido quemaduras de alto grado, de tercer grado por lo general y en superficies de área importantes.

P: ¿Son tratamientos largos?

R: Hay injertos que tienen un tamaño específico. Nuestra tecnología, que está patentada, se aplica en función del área que requiera el cirujano plástico que haya elegido nuestro producto,. Producimos esa cantidad a demanda. Y en términos de tiempo, tarda más o menos entre cuatro y seis semanas desde el momento que el paciente se accidenta y nos manda una biopsia hasta que nosotros devolvemos el producto que se necesita.

El trabajo después de la tragedia de Año Nuevo

P: Suiza está en la atención mundial por el incendio de Año Nuevo. ¿Están trabajando con esos casos?

R: Sí, es tremendo. Lo comparan mucho con el caso Cromagnon acá en Argentina. Obviamente, a nosotros nos atraviesa. La dimensión es tremenda y creo que de una escala que no se ha visto en Suiza. Pero sí, en estos casos, y en varios que involucran accidentes con fuego o con electricidad, son los grupos poblacionales en los cuales nosotros nos especializamos. Y bueno, también ahí está la llamada vocacional, porque el aspecto tecnológico de la biotecnología es lo que más me gusta, porque tiene un gran componente científico- intelectual. Pero después hay un producto o servicio que tiene impacto. Y si es especial en ese sentido, hace que todo el esfuerzo, que no es poco, tenga otro gusto.

P: ¿Hay debates éticos? ¿Puede pensarse este desarrollo más allá del uso humano?

R: Quizás no tengo el conocimiento suficiente para anticipar a dónde vamos desde lo que tiene que ver con los robotos, pero en lo que tiene que ver con la piel, en nuestro caso, no tenemos como muchas fricciones con eso, porque como el producto vuelve del mismo paciente y eso lo hace especial. No tenés ningún tipo de riesgo a rechazarlo, porque es tu propio material y eso lo que lo hace realmente muy interesante. Ahora, si uno quisiese diseñar esto con fines de humanizar cosas, creo que hay un largo camino hacia eso. Y tampoco le vería la utilidad inmediata clínica. Si yo me dedicara a construir robots, los haría con una piel sintética que se parezca a la humana, porque eso tiene mucho menos requerimientos. Sería más sostenible.


Escuchá la entrevista completa de Literal con Joaquín Urdinez

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