En los últimos años se ha vuelto costumbre que los intendentes exhiban como grandes logros de gestión las cuadras asfaltadas, las cloacas instaladas o los cordones cuneta ejecutados. Se los presenta en los presupuestos como “obra pública”, pero no existe tal cosa como un aporte genuino del Estado. Todos los recursos provienen del ciudadano y contribuyente: el político de turno solo los administra.
En estos casos ni siquiera se trata de recursos generales obtenidos por tasas, sino de aportes directos de los frentistas a través de la contribución por mejoras.
El municipio organiza y contrata la obra, pero quien paga es el vecino que vive frente a ella. Lo hace al contado o en cuotas, con intereses incluidos, casi siempre a valores que generan reclamos. Así, la cuadra asfaltada no es en rigor una inversión pública, sino una inversión privada canalizada a través de la administración estatal.
La distorsión del relato oficial
Cuando se anuncia que “se destinaron tantos miles de millones a obra pública”, se comunica un número abultado que no refleja la realidad.
– Los recursos generales del municipio provienen de las tasas e impuestos que pagan todos los contribuyentes.
– Los recursos específicos de obras como asfalto o cloacas provienen de los frentistas, que financian directamente esas mejoras.
– Incluso los llamados recursos nacionales o provinciales -coparticipación o transferencias— son también impuestos pagados por los ciudadanos, solo que recaudados primero por otra jurisdicción y luego redistribuidos.
En todos los casos, el origen es el mismo: el ciudadano y contribuyente. El político administra, pero no produce. Y sin embargo, el discurso suele colocar al Estado en un pedestal, como si fuese el verdadero protagonista.
Obra pública: el ejemplo del Alto Valle
En ciudades como Roca y Cipolletti se anuncian presupuestos millonarios en obra pública o récords de cuadras asfaltadas. Pero al mirar de cerca, gran parte de esas cifras corresponden a pavimentos y cloacas solventados por los propios vecinos frentistas. El actor político corta la cinta, pero la cuenta siempre la paga el contribuyente.
La verdadera entidad del Estado
El error conceptual más grave es colocar al Estado por encima del ciudadano. El Estado no es un ente creador de riqueza: es una herramienta de administración que los vecinos sostienen para organizar la vida comunitaria. Su rol es gestionar bien lo que el ciudadano aporta, no apropiarse del mérito como si los recursos fueran propios.
La transparencia exigiría que los presupuestos municipales distingan con claridad:
– Obras financiadas con recursos generales de los contribuyentes.
– Obras financiadas con aportes directos de los frentistas.
– Obras financiadas con recursos coparticipados, que también son impuestos pagados por la ciudadanía.
Solo así se podrá reconocer el verdadero sostén del sistema: el ciudadano, no el Estado nacional, provincial, municipal, ni el político de turno.
Esa es la verdadera imagen del Estado: no es un generador de recursos, sino un administrador de lo que el ciudadano produce y entrega. Confundirlo —por engaño o desconocimiento— es un error que distorsiona la relación entre vecinos y gobierno, y alimenta un relato que engrandece al aparato estatal a costa del esfuerzo silencioso de los contribuyentes.
(*) Contador público

