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“El Eternauta” y “Adolescencia”: vivir y discutir al ritmo de las series

Cuando se estrenaron las dos series del año, todo giró alrededor de ellas. Pero el tiempo de debate, la discusión y el fervor funcionaron como espasmos. Lo que parecía esencial se desvaneció.
Adolescencia, la serie que también habla sobre la brecha generacional.

Hubo un momento, a principios de mayo de este año, que todos hablamos casi exclusivamente de “El eternauta”, la serie argentina basada en el cómic de Héctor Germán Oesterheld, dirigida por Bruno Stagnaro, y con Ricardo Darín en el papel del héroe, Juan Salvo. Los efectos especiales, el propio Darín, Buenos Aires convertida en una ciudad apocalíptica bajo un manto de nieve mortífera, las frases, las lecturas políticas sobre la invasión extraterrestre, la publicidad, lo viejo que funciona, incluso la comida. Todo fue tema de análisis y discusión, de posteos en redes sociales, de memes, de derivas.

El momento preciso de “El Eternauta” comenzó el 30 de abril, cuando se estrenó en la plataforma de streaming Netflix y terminó alrededor del 20 de mayo. Los momentos como éste son apasionados, a veces extremos, pero duran poco. Funcionan como espasmos que se desvanecen rápido.

Después quedan apenas las frases (“lo viejo funciona”, “nadie se salva solo”), o el coletazo de «las empanadas de Darín» que no está relacionado con la serie sino con lo que dijo el actor en el programa de Mirtha Legrand. “Me llama un poco la atención eso de sacar los dólares del colchón. ¿De quién están hablando en ese sentido? No sé, una docena de empanadas vale 48.000 pesos. ¡48.000 pesos!”, había dicho el actor. El precio de las empanadas se convirtió, en pocas horas, en una cuestión de Estado y acaparó el debate público. 

Adolescencia en la mira

El foco anterior estuvo puesto en “Adolescencia”, otra serie, también de Netflix. En este caso, cuatro capítulos filmados en un plano secuencia asfixiante que giran alrededor de Jamie, un chico de 13 años que asesina a puñaladas a una compañera de colegio.

Además de buenos números de audiencia, la miniserie inglesa, creada por Jack Thorne y Stephen Graham, fue aplaudida por una crítica que en marzo no sólo le puso el listón de lo mejor del 2025, sino también el de “lo más cercano a la perfección televisiva en décadas”. El año también parece un espasmo que se desvanece rápido: al tercer mes ya ha ocurrido lo mejor.

La miniserie habla de algo universal -los adolescentes- y de algo medianamente actual -el contenido radicalmente machista y tóxico que circula en las redes, sin control y a la caza de quien quiera respirar ese aire viciado-, pero también de la brecha generacional.

El resultado es inquietante. Aunque se llama “Adolescencia”, su público -y los protagonistas, a excepción de Jamie- son adultos, a los que parece decirles: no importa cuán buen padre creas ser, el chico que duerme en la habitación del lado, puede ser un asesino.

¿Y los adultos?

Los adultos que retrata la serie son seres llenos de buenas intenciones, bastante mansos, que no gritan, que apenas pierden la paciencia (solo el padre de Jamie, sobre el final, tiene un ataque de furia porque le pintaron la palabra pedófilo en la camioneta). Los investigadores, los padres, los maestros, la directora de la escuela a la que iban Jamie y la víctima, parecen anodinos; extranjeros sin el más mínimo conocimiento del idioma que hablan sus hijos, más desacoplados del mundo que los adolescentes del título.

El momento de “Adolescencia” duró tres semanas aproximadamente. Los cuatro capítulos de la serie de Netflix se convirtieron en un tema mundial y los adolescentes en unos monstruos capaces de dominar el mundo desde sus habitaciones, con un celular, una carga explosiva de resentimiento y un cuchillo. Durante el lapso que fue del 13 de marzo al 3 de abril, los adolescentes y sus teléfonos adquirieron el rango de amenaza letal, como si fueran invasores llegados desde otro planeta.

Hechos y cifras

Algunos hechos y temas de esos días:

el gobierno de Gran Bretaña decidió que la serie debía verse en las escuelas; los ministerios de educación provinciales y municipales de la Argentina propusieron replicar la idea.

Especialistas y psicólogos salieron a explicar el significado de incel (los célibes involuntarios que aparentemente sufren porque las chicas de su edad no les prestan atención), y también de los emojis, de la manosfera donde se cuecen teorías conspirativas contra las mujeres, y también qué hacen los adolescentes en sus cuartos mientras los adultos piensan que están en el lugar más seguro del mundo: su casa.

Se difundieron guías para padres: cómo ponerles límites sin indulgencia ni autoritarismo a los hijos que dejaron de ser niños.

La decisión más revolucionaria que se adoptó en varias escuelas argentinas fue prohibir el uso del celular durante las clases.

No se habló de los discursos del odio o de la violencia que circula en redes desde celulares manejados por adultos, o en esferas más públicas y menos crípticas que la manosfera.

Algunas cifras:

el 83% de los chicos de Argentina recibió su primer celular antes de los 10 años; los adolescentes pasan un promedio de seis a siete horas diarias por día con el teléfono, según el informe Global Digital 2024.

Según ese mismo informe, los adultos están 6 horas diarias frente a su celular, aproximadamente 91 días al año sólo mirando una pantalla.

El espasmo duró tres semanas. Después, no se habló más.

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