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Opinión externa

El mito del individuo autosuficiente

Pocas ideas han penetrado con tanta eficacia el imaginario de nuestros días como la del individuo absoluto. No se trata ya del ciudadano autónomo de la modernidad ilustrada, sino de una versión caricaturesca: el sujeto que se basta a sí mismo, que se construye solo, que no debe nada a nadie. Una especie de nuevo Prometeo empresarial, cuya narrativa prescinde de toda referencia al otro, a la comunidad, al Estado, a la historia.

Esa figura, exaltada desde los manuales de autoayuda hasta los discursos de poder, se nos presenta como origen y fin de toda transformación posible. Pero la realidad —si todavía creemos que existe algo así— se obstina en contradecir ese relato.

Ningún avance significativo de la humanidad fue fruto de una conciencia aislada. El genoma humano, la energía atómica, la llegada a la Luna, la revolución digital, la inteligencia artificial: todos estos hitos fueron posibles por sistemas institucionales complejos, por redes de colaboración interdisciplinaria, por estructuras educativas, científicas y políticas sostenidas durante décadas. El conocimiento no nace de la nada: es acumulación, traducción, transmisión, corrección. Es herencia compartida.

Las civilizaciones y el mérito aislado

La inteligencia individual es condición necesaria, pero nunca suficiente. Sin universidades, sin bibliotecas, sin comunidades científicas, sin programas estatales de inversión en ciencia y tecnología, sin marcos regulatorios y sin lenguajes comunes, el genio es apenas un eco inarticulado. La historia no registra casos de civilizaciones construidas sobre la base del mérito aislado.

Desacreditar lo colectivo, estigmatizar las organizaciones sociales, ridiculizar el rol del Estado o demonizar a quienes construyen instituciones no es un acto de rebeldía, sino de ignorancia estratégica. Esa ignorancia se presenta como valentía, pero no es más que un instrumento funcional a quienes concentran poder económico y necesitan desarmar los vínculos que equilibran —aunque sea levemente— la balanza social.

La exaltación del individuo no es neutral

La exaltación del individuo no es neutral: busca culpabilizar al que no llega, culpar al que cae, justificar la desigualdad como si fuera una consecuencia lógica de la biología o del carácter. Y lo hace erosionando toda posibilidad de proyecto común.

Las grandes construcciones humanas son hijas del nosotros, no del yo. La ciencia, el arte, la política, incluso la empresa, no prosperan en la intemperie del individualismo extremo. Requieren instituciones que ordenen, acompañen, orienten y sostengan. Cuando una sociedad olvida eso, no solo retrocede: renuncia a su capacidad de imaginar el futuro.

En tiempos de discursos seductores pero peligrosamente simplificadores, reivindicar la complejidad de lo colectivo no es un gesto romántico, sino un acto de lucidez política. Porque no hay libertad sin comunidad, ni destino individual sin estructuras que lo hagan posible.


(*) Vicegobernador de Río Negro

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