En Argentina nos acostumbramos a discutir síntomas, no causas. La pérdida de competitividad de nuestras economías regionales, como la fruticultura en el Valle de Río Negro, suele atribuirse al “dólar poco competitivo”. Pero esa es una ilusión que tapa el verdadero problema: los costos internos que genera un Estado cada vez más grande, caro e ineficiente.
Año tras año, la producción de peras y manzanas en el Alto Valle retrocede. Chacras que se abandonan, exportaciones que caen, empleos que se pierden. El reclamo habitual es el mismo: “necesitamos un dólar más alto”. Pero no es el dólar lo que ahoga al productor: son los impuestos.
Competir contra el Estado
Las economías regionales ya no compiten con los productores de otros países, sino con sus propios Estados.
Entre cargas laborales, aportes, contribuciones, Ingresos Brutos, tasas municipales, retenciones e inflación, el productor destina una porción creciente de su esfuerzo no a crecer, sino a sostener estructuras públicas que no devuelven valor.
Y lo más grave es que muchos de esos impuestos, como Ingresos Brutos, se acumulan en cascada a lo largo del proceso productivo y se terminan exportando incorporados en el precio final, lo que quita competitividad frente al mundo. A diferencia del IVA, que se reintegra a los exportadores, estos impuestos quedan dentro del costo y son un lastre silencioso para el que quiere vender afuera.
El principal obstáculo
El Estado no es neutro: cuando se agiganta, se convierte en el principal obstáculo para la creación de riqueza.
No solo recauda más de lo que la actividad puede sostener, sino que además gasta mal. Así, lo que quita al privado no se transforma en servicios de calidad, sino en burocracia improductiva, empleo público clientelar o gastos superfluos.
Por eso urge decirlo con claridad: la solución no está en manipular el tipo de cambio. Está en reducir el peso del Estado y reformar el sistema impositivo y laboral.
Necesitamos:
– Un Estado más austero y eficiente, enfocado en lo esencial.
– Una reforma tributaria que elimine impuestos distorsivos y premie al que produce.
– Una reforma laboral que permita contratar sin miedo y competir sin estar atados al pasado.
– Y un trato especial para las economías regionales, que compense décadas de asfixia estructural.
Este debate no es técnico, es moral: no se trata sólo de eficiencia, sino de justicia con quienes producen y sostienen al país.
No hay futuro con un sistema que castiga al que trabaja, al que invierte, al que exporta.
Necesitamos un cambio profundo, y empieza por decir la verdad.
(*) Contador público.

