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Opinión externa

Homo Argentum: la “argentinidad” reducida a un catálogo porteño (con publicidad incluida)

La película Homo Argentum se ganó el protagonismo de los últimos días tras conseguir cifras récord con el estreno en cines.

El problema mayor es la parcialidad de la mirada. Homo Argentum se anuncia como un retrato de lo nacional, pero en realidad es un catálogo porteño, encerrado en sus propios lugares comunes.

En ese espejo deformado, la argentinidad queda reducida a personajes de Palermo, Puerto Madero o una calle del micro centro. Ezeiza es lo más lejano que llegó. Las provincias, las mujeres, la vida cotidiana fuera de la Capital brillan por su ausencia.

Un mosaico de clichés porteños

Cuando un título promete nada menos que condensar lo argentino en dieciséis relatos, el espectador espera amplitud, diversidad y, al menos, un atisbo de verdad incómoda. Pero Homo Argentum se desploma bajo el peso de su grandilocuencia y termina pareciendo más un mosaico de clichés porteños que un fresco nacional.

La apuesta de Mariano Cohn y Gastón Duprat se sostiene casi exclusivamente en la versatilidad de Guillermo Francella, quien fue convocado para hacer de Francella interpretando a una batería de personajes: el tilingo de café, el curita, el presidente, el relator, el cripto bro.

Sin embargo, detrás de cada máscara sigue estando Francella, con sus tics y su sonrisa reconocible, incapaz de desaparecer en las criaturas que encarna. Para sus fanáticos, esto será motivo de aplauso; para otros, una limitación que convierte al filme en un desfile de disfraces.

Homo Argentum y la impostura

Pero la mayor trampa de Homo Argentum no está en la actuación, sino en la impostura. El film promete sátira social despiadada, y apenas entrega sketches alargados, sin remate ni gracia, evocando programas de humor de la vieja televisión argentina. El exceso de dieciséis historias diluye cualquier filo crítico. Sólo un par de episodios alcanzan a transmitir algo creíble.

Las publicidades

A este panorama se suma un detalle imposible de ignorar: la presencia obscena de marcas comerciales.

No hablamos de product placement sugerido o subliminal: aquí las publicidades invaden la pantalla con descaro, interrumpiendo el relato y recordando al espectador que lo que consume no es cine sino marketing disfrazado.

En definitiva, lo que pudo haber sido un fresco coral sobre las miserias argentinas terminó en una caricatura parcial y autocomplaciente.

Más que Homo Argentum, la película parece Homo Porteñum: una sátira domesticada por la publicidad y encorsetada en los estereotipos del microclima de los que se creen el ombligo argentino.


(*) Médico, docente universitario (y cinéfilo)

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