Los discursos provincialistas ganan fuerza de cara a las elecciones de octubre. Pero, en tiempos en que parece que un solo partido se ha apropiado de la «defensa de los intereses rionegrinos», vale la pena repasar aquellas fuerzas políticas que, antes y ahora, hicieron del provincialismo su principal bandera y un arma de seducción para el electorado. Cómo fueron los inicios de estos espacios y qué enseñanzas dejaron en un Río Negro fuertemente atomizado territorialmente.
El provincialismo no es un sello exclusivo de Río Negro
Pese a constituirse como un país federal, Argentina mantiene un fuerte centralismo en la toma de decisiones. Esta realidad no solo se refleja en la configuración de su infraestructura estatal —cuyo epicentro radica en la Ciudad de Buenos Aires—, sino también en la construcción y la composición de los partidos mayoritarios —devenidos en alianzas—. No por casualidad, cada vez que se aproxima una elección, uno de los principales argumentos para expresar disconformidad con una candidatura es que fue elegida “a dedo” desde el obelisco porteño.
En ese escenario de marcada diferenciación entre el centro y el interior del país, desde comienzos del siglo XX surgieron expresiones políticas fuertemente arraigadas en determinados territorios, que buscaron construir una identidad propia y común.
La investigadora María Elisa Alonso García explica que los partidos provinciales se caracterizan por su heterogeneidad y por el culto al personalismo, ya sea encarnado en un líder carismático o en una familia con tradición política, capaz de heredar el poder. Sin embargo, todos coinciden en una marcada defensa de los intereses provinciales y federales, así como en la demanda de mayor autonomía y descentralización.
La primera experiencia
En Río Negro, hubo varios intentos por consolidar partidos provinciales que lograron mantenerse activos durante bastante tiempo. Incluso, algunos lograron hacerse del poder estatal, tal es el caso de Juntos Somos Río Negro (JSRN), que ya lleva más de una década al frente de la gobernación.
Una de las experiencias pioneras fue el Partido Provincial Rionegrino (PPR), un espacio de derecha articulado en torno a la figura del gobernador de facto, el general Roberto Requeijo. Esta fuerza se oficializó en 1972 y funcionó hasta 2014, cuando fue disuelta para convertirse en el PRO Río Negro.

El historiador de la Universidad Nacional del Comahue (UNCo), José Luis Abel, recupera en su publicación ‘El Partido Provincial Rionegrino en su etapa fundacional‘ la visión de los fundadores del espacio. Según el autor, el objetivo de su constitución era garantizar “la continuidad de la obra de gobierno (de facto) desde un movimiento democrático”.
Para Abel, el PPR aspiraba a transformarse en la primera fuerza política de la provincia y a alcanzar la gobernación. Con ese objetivo participó en las elecciones de 1973, con la candidatura del propio Requeijo.
Sin embargo, el impacto del Rocazo —una expresión de descontento de la sociedad roquense por el debilitamiento de la hegemonía de la ciudad— debilitó sus posibilidades y le impidió obtener la victoria. No obstante, el PPR logró administrar varias intendencias y expandir su presencia en el territorio.
El ocaso
Tras la restauración democrática, el partido continuó siendo relevante, ubicándose en tercer lugar en la mayoría de los comicios. De hecho, Requeijo volvió a postularse a la gobernación en 1987.
En los noventa, el PPR comenzó un lento proceso de declive, evidenciado en falta de candidaturas. Y, en la última década antes de su disolución, mantuvo estrechos lazos con la UCR, que gobernaba la provincia desde 1983.

En particular, el partido nacido al calor de la dictadura de 1966 contribuyó a la victoria de Miguel Saiz en 2003. «Esta unidad de accionar político entre el Partido Provincial Rionegrino y la Concertación en Río Negro se basa en la procura de la superación y el progreso de la provincia en favor de la sociedad, y se reflejará a nivel del Congreso Nacional en la búsqueda —adecuada a las nuevas realidades imperantes— de un destino solidario para todos los argentinos y para quienes residan en el territorio de este país, comprometidos en la construcción de la realización nacional», argumentaba por aquel entonces en el documento de su base electoral.
Finalmente, en 2014, el PPR se disolvió para reconvertirse en la seccional rionegrina del PRO, cerrando así una etapa clave en la historia del provincialismo.
Un espacio nacido en Cipolletti y cercano a Weretilneck
El Movimiento Patagónico Popular (MPP) fue otra de las expresiones provincialistas que marcaron el andar político de Río Negro. Obtuvo su reconocimiento oficial en 1993 y estuvo liderado desde sus inicios por el dirigente cipoleño Julio Salto, quien fue candidato a vicegobernador en 1995.
En su declaración de principios, el MPP afirma “llenar un espacio vacío en la vida política rionegrina” y asegurar la dependencia respecto de las grandes estructuras nacionales. Desde sus inicios, se definió como un espacio progresista y provincialista, con fuerte anclaje en el municipalismo.
Según su carta fundacional, promueve la construcción de un Estado “austero”, capaz de sintetizar las virtudes del estatismo con los aportes del liberalismo, para garantizar servicios de calidad, planificar el desarrollo, armonizar los intereses regionales y dinamizar la economía a través del fomento de la actividad privada.

Tras el fallecimiento de Salto, en 2006, la conducción partidaria quedó a cargo de Juan Elvis y Nelson Cides, quienes pasaron a integrar las filas de Juntos Somos Río Negro.
JSRN: el espacio nacido tras una tragedia
La trágica muerte de Carlos Soria (FpV), ocurrida el 1ero de enero de 2012, marcó el punto de partida para la génesis de JSRN. El sorpresivo ascenso a la gobernación de Alberto Weretilneck —entonces vicegobernador y exintendente de Cipolletti, con origen en el Frente Grande— se convirtió en la punta de lanzamiento de un nuevo espacio político, diferenciado del peronismo tradicional.
Con una estrategia centrada en la gestión, el mandatario logró tejer alianzas clave, especialmente con sectores del Frente Renovador y de la Concertación para el Desarrollo. Esta capacidad de articulación le permitió consolidar un espacio propio y presentarse a la reelección en 2015, donde obtuvo el 52,8% de los votos. Ese triunfo representó un hecho inédito en la historia de Río Negro. Por primera vez, desde 1983, un partido por fuera de la dualidad UCR–PJ logró quedarse con la gobernación.
A partir de allí, Juntos Somos Río Negro se constituyó como una fuerza basada en un provincialismo pragmático, con fuerte sustento territorial. Su posicionamiento de “centro” le permitió dialogar y negociar con distintos sectores políticos, tanto a nivel provincial como nacional.

Sin embargo, esa misma estrategia, respaldada discursivamente en la «defensa de los intereses rionegrinos», generó reiteradas críticas de parte de sus detractores. En más de una ocasión, el oficialismo fue acusado de «ventajismo político«.
Pese a ello, JSRN logró mantenerse como un espacio dominante en la política rionegrina durante la última década. Actualmente conserva un número significativo de intendencias y una mayoría en la Legislatura.
El provincialismo adaptado a la realidad de Río Negro
En diálogo con Literal, el historiador Gabriel Raffart analizó las particularidades de los partidos provinciales en Río Negro, cuyas conformaciones siempre estuvieron condicionadas por las divisiones territoriales. Esta característica limitó históricamente la proyección de las fuerzas locales, un obstáculo que logró ser superado —según su visión— con la experiencia de JSRN, en un momento donde el impulso de los localismos se encontraba en retroceso parcial.
“JSRN intentó resolver esa doble fragmentación entre lo local y lo provincial, articulando las experiencias municipales en un proyecto a escala provincial. Algo que también intentó el radicalismo en su momento. Creo que, de alguna manera, lograron cierto equilibrio. No sé si cerraron sus disputas internas entre las ciudades, pero sí es cierto que Río Negro dejó de ser la provincia de vanguardia de la Patagonia, un lugar que le arrebató Neuquén. Ese reordenamiento ayudó a equilibrar la balanza y a descomprimir tensiones”, comentó.
¿Qué hay después de Weretilneck?
-P: Una de las características clásicas de los partidos provinciales es su organización en torno a un líder carismático, como es el caso del actual gobernador. ¿Creés que será posible extender la experiencia de JSRN más allá de la figura de Weretilneck?
-R: Eso todavía no lo sabemos. No hay dudas de que hay una impronta carismática muy fuerte. Esa marca personal ha tenido peso en la historia política rionegrina. Carlos Soria la tenía, y Julio Salto también, al menos en Cipolletti. Pero aunque Weretilneck tenga otro período de gobierno —como parece que va a suceder— hay algo que no logró, y que en general no se ha logrado en la provincia: construir una familia política.
En otras provincias, como Neuquén, existieron líneas sucesorias que permitieron continuidad más allá del líder. En Río Negro, no. Y ese es el mayor desafío para Weretilneck. De hecho, ya lo experimentó cuando intentó dejar una sucesión con la anterior gobernadora, Arabela Carreras.
-P: ¿Ni siquiera los Soria podrían ser considerados una “familia política” en ese sentido?
-R: No, para nada. Aunque mantengan recluidos en Roca, no han logrado proyectarse más allá. El peronismo rionegrino siempre tuvo una base nacional sólida, pero enormes dificultades para consolidarse a nivel provincial. A tal punto que la única vez que accedió a la gobernación terminó en tragedia.

