La imagen podría ser esta: una influencer recibe un paquete. Lo abre y despliega sobre la cama una montaña de prendas recién llegadas de China. Entonces, muestra a sus seguidores vestidos, tops, accesorios, camperas. Muestra que la campera que en Argentina se compra por 219 mil pesos, en Shein cuesta 50 mil.
Como esa imagen, hay miles en Tik Tok.
Entre enero y mayo de 2025, las importaciones vía courier crecieron un 58% respecto al mismo período del año anterior. De ese total, el 80% de la ropa ingresada a la Argentina lo hizo a través de Shein, una plataforma de ultra fast fashion. Se llama así, moda ultra rápida, porque es capaz de lanzar hasta 10.000 modelos nuevos por día, con producción acelerada y precios muy bajos.
La cifra es contundente, y a la vez invisible: no hay locales, ni vidrieras, ni empleados que doblen prendas. Solo una interfaz digital, y miles de influencers que muestran sus compras en TikTok. Es suficiente. Parece irresistible: comprar barato, comprar mucho, comprar ya. En pocos días, entre 20 y un mes, llegará desde Guangzhou, China, directo a la puerta de casa, en Roca, o cualquier rincón del país.
Estos datos surgen de la información que reunió “La curva de la moda”, una comunidad digital que dirige Lucía Levy que analiza el consumo de moda y belleza. Pero también surgen de un modelo negocio que procupa cada vez más. No sólo a quienes se dedican al rubro de la moda, sino también a quienes analizan las consecuencias ecológicas y sociológicas del consumo voraz.
Un cóctel complejo
En entrevista con Mañana de Noticias, Levy trazó un diagnóstico sobre este fenómeno que ha reconfigurado el consumo textil en Argentina. Su análisis, sumado a datos internacionales, revela un sistema que combina explotación laboral, y el consumo inducido bajo una estética accesible y seductora.

“El modelo se sostiene sobre condiciones laborales insalubres. Para producir entre 6.000 y 10.000 prendas nuevas por días, hay detrás jornadas de hasta 18 horas, trabajadores que duermen en las fábricas, sueldos irrisorios y nula protección legal. Como (Donald) Trump puso trabas a la importación de ropa china, Shein ataca agresivamente con publicidad a todo el sur global, Latinoamérica, en este caso”, dice Levy.
Efectivamente, desde que Donald Trump subió los aranceles, Shein salió a buscar nuevos mercados. Argentina es uno de ellos. Todos habrán visto en sus redes sociales no sólo a influencers que promocionan la ropa, sino también la publicidad de Shein o de Temu, que es otro gigante del ultra fast fashion.
Para saber más
El documental Compra ahora: la conspiración consumista, dirigido por Nic Stacey y disponible en Netflix, expone con crudeza esta realidad. A través de testimonios de ex empleados, expertos en marketing y denunciantes, revela cómo las grandes marcas diseñan estrategias psicológicas para mantener a los consumidores atrapados en un ciclo de compras interminable.
Desde ofertas flash hasta mensajes que apelan al miedo y la insuficiencia, el documental muestra que el consumo no es un accidente: es una construcción diseñada.
A la basura
Pero no sólo se trata de consumo inducido y constante. Lo que ocurre con esa ropa fabricada en su mayoría a base de acrílico y poliéster, es que se desecha, «en promedio, tras siete usos», según dice Levy. Y lo que se tira, se convierte en basura.
La industria de la moda genera entre el 8% y el 10% de las emisiones globales de CO₂. Shein, por sí sola, produjo más de 26 millones de toneladas de ropa en 2024, casi diez veces más que Inditex, la fábrica de las conocidas prendas españolas Zara.
Los datos son impresionantes: cada segundo, se entierra o quema una cantidad de textiles equivalente a un camión de basura. Y mientras en Europa se discuten leyes para obligar a las marcas a reciclar, en América Latina los residuos textiles se acumulan en basureros invisibles o visibles, como el desierto de Atacama, en Chile. La imagen es conocida: en ese lugar de Chile, sobre la arena, hay kilómetros de ropa sin usar. “Es pensar que somos el basurero, el basurero de los ricos, que mandan su basura a las economías en vías de desarrollo”, dice Levy.

“Es un tema muy complejo porque trata sobre un montón de las problemáticas más antiguas que tiene la industria de la moda. Por un lado, genera una necesidad ficticia de sentir que necesitas cambiar de ropa o de guardarropas todo el tiempo. Por otro lado, también está lo que han generado las redes sociales: que la identidad del ser humano está atada a su capacidad de consumir, y que ese consumo tiene que ser un consumo que se pueda mostrar. Por eso vemos en las redes sociales, chicas jovencísimas que te dicen, te voy a mostrar todo lo que me compré en Shein y vos ves que te muestran 20, 30 artículos como si fueran basura”, analiza Levy.
¿Quién regula?
Francia dio el primer paso este año. Decidió que en 2026, allí será ilegal promocionar Temu o Shein, y que los influencers podrían enfrentar multas de 300.000 euros y hasta dos años de prisión. La Ley Anti-Sheine, aprobada en el Senado francés, impone impuestos por prenda y busca proteger la industria local. También sanciona el greenwashing y combate la publicidad engañosa. El debate comienza a instalarse en América Latina, donde aún no existen legislaciones similares.
Aquí, el panorama es complejo. Lo que explica Levy es que la industria textil argentina enfrenta una competencia desleal imposible de igualar. La producción nacional, gravada por altos impuestos, no puede competir con los precios ultra bajos del fast fashion importado. Pero hay más problemas.
Modelos hegemónicos
A esto se suma otro dilema. Muchas marcas nacionales excluyen corporalidades no hegemónicas, dejando a miles de personas sin acceso a ropa “linda” o de tendencia.
“La industria de la moda, que siempre se ha basado en estereotipos hegemónicos, deja a mucha gente afuera. Gente que no tiene hoy la posibilidad de encontrar ropa linda, entre mil comillas, o de tendencia en la industria local porque no atiende a todos los cuerpos. Las marcas locales no tienen talles, no les interesa hacer ropa hasta el talle 50. Recibo muchos comentarios de chicas que me dicen que la ropa que encuentran en Argentina es fea. Me dicen: Tengo 22 años y me tengo que vestir como una señora de 60. Entonces entiendo, desde ese lado, que hay una necesidad que este monstruo del ultra fast fashion satisface de modo real”, dice.
Frente a ese panorama, aparece la moda circular, un concepto que desde hace algunos años se ha instalado en el país. Básicamente, se trata de lugares que venden ropa, de muy buena calidad en la mayoría de los casos, que tienen poco uso. La idea: reusar, reciclar, recircular. En medio de este panorama, parecen no sólo desacelerar la tendencia de la compra compulsiva, sino también y, sobre todo, resistir el modelo de descarte.
En cualquier caso, son maneras que invitan a pensar, o a detenerse unos instantes a pensar. A intentar descubrir qué hay detrás del scrolleo y de esa necesidad que se instala como si fuera vital e incontrolable, de que querer más, rápido y siempre.
Si querés, podés escuchar la entrevista completa con Lucía Levy, periodista especializada en moda y editora de «La curva de la moda».

