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Opinión externa

Pobre no es el otro: la canasta básica del Excel no sirve

El INDEC construye la canasta básica alimentaria tratando de alcanzar 81.000 kcal al mes con el menor costo posible.

En Argentina ser pobre no es solo carecer de ingresos: es cargar con una etiqueta que duele, que aísla, que estigmatiza. Y como toda palabra con carga moral, genera distancia. “Pobre es el otro”, decimos.

En estos tiempos, parecería que ser pobre es sinónimo de no esforzarse, de no “emprender”, de no “querer salir adelante”. Un relato cruel que desconoce las causas estructurales de la pobreza, y que encima responsabiliza a quien la padece.

El resultado es un espejo deformante: medimos la pobreza con planillas, la discutimos con cinismo, la miramos de lejos y la juzgamos sin contexto.

Pero no hay número, ni canasta que pueda tapar una verdad simple: nadie elige no llegar a fin de mes.

En Argentina, más de 20 millones de personas son pobres. Más de 5 millones viven en la indigencia.

Lo decimos rápido, pero deberíamos decirlo con vergüenza. Son cifras que no deberían naturalizarse ni convertirse en parte del paisaje informativo. Porque detrás de esos números hay personas que no llegan, literalmente, ni al plato de comida mínimo.

Canasta básica: la pobreza medida en pan, arroz y fideos

Pero lo más grave es cómo lo medimos. Porque la vara con la que el Estado decide quién es pobre o indigente no está hecha de vida cotidiana, sino de calorías baratas y planillas de cálculo. La famosa canasta básica alimentaria no es la que conocemos del supermercado. No tiene en cuenta el sabor, ni la diversidad, ni la cultura, ni la dignidad del comer. Apenas suma calorías al menor costo posible.

En Argentina medimos la pobreza con una canasta básica alimentaria (CBA) construida con lógica de Excel, no de mesa familiar. Y eso tiene consecuencias. No solo sobre las estadísticas oficiales, sino sobre las políticas, los recursos y la comprensión misma de qué significa vivir en situación de pobreza o indigencia en el país.

1. El Señor Excel y sus 81.000 calorías

Todo comienza con una cifra: una persona necesita, en promedio, 2.700 kcal por día. Multiplicado por 30 días, eso da unas 81.000 kcal al mes.

Con ese número como objetivo, el INDEC construye la canasta básica alimentaria, tratando de alcanzarlo al menor costo posible.

¿El resultado? Una dieta hipercalórica pero pobre en nutrientes. Muchos hidratos (pan, fideos, arroz, azúcar) y poco de lo demás: casi nada de frutas, de verduras frescas, muy poca leche y derivados, y por supuesto, nada de pescado. En su versión más extrema, —como señaló un grupo de investigadores del CONICET que intentó vivir con esa canasta durante semanas—, es una dieta que genera hambre, fatiga y desequilibrio nutricional. https://www.youtube.com/watch?v=IsNUxFbO41A&t=132s

2. La ENGHo: una encuesta cada 10 años (con suerte)

La base de datos para armar esa canasta es la Encuesta Nacional de Gastos de los Hogares (ENGHo), que se realiza aproximadamente cada 10 años. La última es de 2017-2018. En 10 años hay países que cambiaron de nombre.

La ENGHo es autorreportada: se les pide a las personas de los hogares encuestados que registren sus gastos durante varios días, lo que la vuelve vulnerable al olvido, al subregistro y a la informalidad. Además, no representa adecuadamente a las zonas rurales, ni a las formas de consumo no monetario.

En 10 años pasaron Cristina, Mauricio, el dueño de Dylan y ahora está Javier, asique, como diría El Quijote, ¡a no sacarse el sayo! Cada quien con su responsabilidad.

3. Pobreza con gaseosa, y poca leche

La canasta básica alimentaria resultante tiene curiosidades: incluye bebidas azucaradas, pero escatima leche. Apenas contiene 133 cc diarios de leche para cada uno de los 4 teóricos integrantes de esa familia, y muy poco queso. Tiene 6,27 kg de carnes, sin detallar si alguna es pescado. Incluye 600 gramos de yerba por mes (por suerte), pero nada de condimentos, frutas secas, ni legumbres en cantidades significativas.

4. Lo que no se mide, ¿es porque no importa?

Lo grave es que esta canasta es la base para definir cuándo una persona es indigente: esto ocurre cuando no puede cubrir ese consumo mínimo alimentario.

La canasta básica total (CBT), que suma otros bienes y servicios, también tiene limitaciones y mirá si estará desactualizada que en la última encuesta todavía aparecían como productos los DVD o los CD.

La canasta básica total no contempla el gasto en alquiler, cuando el 22% de la población alquila. Tampoco mide el gasto en medicamentos, ni movilidad real, ni gasto en conectividad, sin la que hoy es muy difícil vivir.

Si sumamos estos gastos la pobreza y la indigencia treparían a cifras vergonzantes en un país que produce alimentos para 450 millones de personas.

Una jubilada o jubilado que vive solo, por ejemplo, podría estar apenas por encima de la línea de pobreza según el INDEC, pero no tener plata para pagar la luz, los coseguros de los remedios o un par de zapatillas nuevas. Si encima alquila, directamente está afuera del sistema y lo peor es que son muchísimos.

5. Canasta básica: un espejo distorsionado

Decimos que bajó la pobreza porque alguien comió básicamente hidratos de carbono todo el mes. Decimos que hay menos indigencia porque en teoría alcanza con 90.000 pesos mensuales para comer. Pero no medimos si se puede vivir. La metodología es clara y está publicada, pero el espejo que ofrece está deformado. Mide calorías, no calidad de vida.

Conclusión

Revisar la canasta básica no es solo una cuestión técnica. Es una decisión política, social y ética. Es mirar de frente a quienes están en situación de pobreza y decirles: “Te veo. Y si en realidad quiero saber que necesitas, no te voy a medir con una tabla de Excel que mide mala comida y deja afuera algo básico como el alquiler”.

Mas que encajar a la gente en un Excel de calorías, sería conveniente reducir la carga tributaria total. En una canasta de productos alimenticios industrializados, la carga tributaria puede alcanzar hasta el 43,9% del valor de la compra y en el precio final de la leche o el pan el 25% son de impuestos.

A propósito de la libertad

La alimentación adecuada es una precondición para ejercer derechos. Sin nutrición no hay aprendizaje. La desnutrición infantil —aún en grados subclínicos— afecta la capacidad cognitiva, la atención, la memoria y el rendimiento escolar. El derecho a la educación se vuelve una entelequia si el cuerpo no tiene los nutrientes para sostenerlo.

Un principio básico del liberalismo igualitario es que la libertad formal (por ejemplo, poder elegir qué estudiar o en qué trabajar) requiere condiciones materiales mínimas. La falta de alimentación impide incluso ejercer derechos básicos.

No hay igualdad de oportunidades sin mesa servida. La alimentación —como la educación— es una condición de posibilidad para que la competencia en el mercado sea medianamente justa. Si un chico llega a la escuela sin desayunar, no está en condiciones de competir con quien desayuna leche, pan y fruta todos los días. Ya que está tan de moda citar ideas libertarias, es necesario recordar que hasta los economistas más ortodoxos reconocen que la educación y la alimentación son pilares fundamentales a la hora de generar capital humano. Es decir, ciudadanos capaces de valerse por sí mismos, integrarse al mercado laboral y tomar decisiones racionales.


(*) Médico pediatra – docente universitario.


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