La comunicación digital de líderes políticos y funcionarios parece haber alcanzado un punto muerto.
En lugar de comunicar, se limitan a informar de la misma manera que los bandos en los postes hace un siglo atrás. Predomina un miedo palpable a ser provocativos, optando por un enfoque analógico en un mundo digital.
Llamo a esto «Nada», porque la homogeneidad es evidente: todos comparten imágenes de reuniones, impulsados por la presión de demostrar actividad.
Esta necesidad de validación constante, hacia arriba y de manera horizontal, obliga a mencionar incluso al más mínimo subdirector, por temor a ofender. En tanto que la estrategia de vinculación ciudadana, es decir hacia abajo, se reduce a mostrar al dirigente en su lugar de trabajo y en el mejor de los casos en un constante uso de gerundios, del presente continuo de acciones ya realizadas.
Este esfuerzo por ser visible en línea contrasta con la invisibilidad en la vida real, donde los dirigentes prefieren pasar desapercibidos en la calle, viviendo una doble vida similar a la un periodista de Kansas en Metrópolis.
La comunicación y el ciudadano
En un contexto de baja economía de atención, falta una estrategia que verdaderamente interpela al ciudadano.
Las comunidades digitales están compuestas principalmente por militantes y personas económicamente dependientes del dirigente, lo que resulta en un círculo cerrado de seguidores que no amplía su legitimidad.
Para verlo en números el promedio de participantes de las cuentas de los gobernadores es de 484 personas en un rango que va de 50 a 1087.
La implementación de estrategias innovadoras se ve obstaculizada por la opinión de este grupo cerrado de seguidores, que ven a la ecosfera de la cuenta como el todo cuando en realidad es una comunidad autoalimentada por el feedback positivo.
Este enfoque refuerza el sesgo de confirmación y crea una cámara de eco que impide el progreso. Cuando hay innovación, generalmente es por imitación de un caso exitoso, pero sin el mismo impacto.
Mostrarse siempre trabajando ¿sí o no?
Persiste la creencia, heredada del mundo analógico, de que las actividades laborales del dirigente son de suma importancia y deben ser comunicadas en tiempo real porque «la gente necesita saber».
Sin embargo, la ciudadanía está más preocupada por sus propias vidas cotidianas y desafíos, a menudo sintiendo que los dirigentes no abordan sus problemas inmediatos.
Gran parte de la comunidad digital desea que los líderes ofrezcan algún tipo de servicio público real. A la gente le gusta seguir plataformas que proporcionan valor, ya sea educativo, informativo o de entretenimiento.
Me refiero a cuentas como Paulina Cocina, Profe Bahía o Mamá Contadora, donde hay un estímulo por seguir la cuenta: cocino, cambio un aplique o puedo llevar la economía de la casa. Esta oferta de valor rara vez se encuentra en la comunicación política.
El desafío para los decisores políticos y sus equipos es superar la tensión por la inmediatez y la ansiedad que genera el aceleracionismo.
Es esencial que la gestión pública se transforme en un verdadero servicio público para reconectar con la ciudadanía de manera efectiva y significativa.
Si estos desafíos no se abordan adecuadamente, la comunicación política digital continuará siendo NADA.
(*) Politólogo – Consultor en comunicación política y opinión pública – Director de Par Consultores

