El temporal que azotó este lunes a buena parte del Alto Valle volvió a poner en agenda el debate sobre la ampliación del área productiva protegida con mallas antigranizo. Más allá de sus altos costos, la adopción de este sistema de defensa creció sostenidamente en los últimos años, en paralelo al aumento de los fenómenos climáticos extremos en la región. Su importancia es tal que actualmente cubre aproximadamente el 10% de las hectáreas bajo riego en la región.
En esta nota de Literal te contamos todo lo que tenés que saber sobre este sistema de defensa: sus costos, los beneficios y el impacto en lo economía frutícola.
Un freno a las pérdidas
Un informe publicado en la revista Fruticultura y Diversificación del INTA Alto Valle, revela que hacia fines de 2024 unas 3.800 hectáreas con frutales de carozo y pepita se encontraban cubiertas con mallas en las zonas del Alto Valle y Valle Medio. Este número representa entre el 8 y 10% de la superficie plantada total en Río Negro, estimada en 31.609 hectáreas.
Con casi tres décadas de desarrollo, este sistema se consolidó como la herramienta más eficaz para reducir o evitar daños por granizo, lo que a su vez se traduce en una mejora de la calidad de la fruta y una disminución del descarte por asoleado o rameado.
El impacto de esta protección no es menor si se consideran los valores de descarte en la producción agroalimentaria nacional. Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), Argentina pierden anualmente alrededor de 16 millones de toneladas de alimentos, equivalente al 12,5% del total producido. De esa cifra, el 90% corresponde a pérdidas ocurridas antes de llegar al consumidor, por razones que pueden ser climáticas, y el restante 10% a desperdicio en el consumo final.
En el caso de la fruticultura rionegrina, los registros del INTA durante la temporada 2023/24 estimaron pérdidas por descarte de hasta 20 toneladas por hectárea en peras de la variedad Packham y de 32 toneladas por hectárea en manzanas Red Delicious, cifras que dimensionan el impacto de los eventos de granizo sobre el sector.
La comparativa de los beneficios
Además de mitigar los daños provocados por la granizada, las mallas de defensa cumplen otras funciones clave en los montes frutales del Valle. Su presencia resulta eficaz para reducir la radiación solar excesiva y el impacto del viento, dos factores que también afectan la calidad comercial de la fruta.
Los estudios muestran que un monte cubierto presenta entre un 40 y un 65% menos de daño por sol en comparación con uno sin protección, y una disminución del daño grave o quemado de entre el 60 y el 100%.
No obstante, esta reducción en la radiación también genera un efecto secundario: una menor coloración de la fruta. Para compensarlo, los productores suelen utilizar tejidos claros, que permiten una mejor dispersión de la luz, o bien láminas reflectoras colocadas al pie de las espalderas, con el objetivo de favorecer la llegada de luz a las zonas bajas de las plantas.
El avance, pese a los costos
Desde el INTA advierten que la principal limitación para la expansión del sistema es económica, debido al alto costo de instalación y mantenimiento. Por este motivo, recomiendan priorizar su implementación en zonas con alta probabilidad de granizo o en montes con buena productividad, donde la inversión pueda ser rentable.
Pese a las limitaciones, los análisis del organismo muestran una tendencia creciente en el uso de mallas antigranizo en las chacras de la región. Las imágenes satelitales tomadas entre Roca y Cervantes en 2019 y 2024 evidencian este aumento de la superficie cubierta:


Los números
El equipo de Economía Agraria del INTA estima que el costo promedio de instalación, incluyendo insumos y mano de obra, se ubica entre 15.000 y 18.000 dólares por hectárea. Este valor contempla el IVA, aunque la Ley 25.174, que regula el régimen de malla antigranizo desde 1999, exime de este impuesto la venta e importación definitiva de la malla y de los materiales necesarios para su instalación.
A esa inversión debe sumarse la preparación del terreno, a cargo del productor, que implica alrededor de 1.100 dólares adicionales por hectárea. Además, se calculan costos anuales de mantenimiento equivalentes al 3% de la inversión total, lo que representa unos 686 dólares por hectárea al año.
“Es una inversión que puede variar según los precios y el tipo de servicio contratado. En algunos casos, la empresa realiza la instalación completa; en otros, el productor aporta materiales como los postes y la empresa se encarga solo del montaje de la malla. Hay distintas modalidades. Pero para nuestro trabajo tomamos un criterio único: el valor que cobraría una empresa por el servicio completo, lo que comúnmente se denomina ‘llave en mano’”, explicó a Literal Patricia Villarreal, técnica del instituto. La ingeniera agrónoma integra el equipo de Economía Agraria junto a los ingenieros Gabriel Podgornik y Katherina Retamal, autores del estudio.
Según las proyecciones, el plazo de recupero de la inversión puede lograrse, en el mejor de los casos, en unos seis años, mientras que la vida útil promedio de una malla se estima en 10 años. El cálculo toma como referencia un rendimiento de 60 toneladas por hectárea en manzanas —en buenas condiciones—, con precios promedio de 450 dólares por tonelada para fruta fresca y 100 dólares por tonelada para fruta destinada a la industria.
“Estimamos que las mallas —sobre todo las más claras, que duran más tiempo— pueden alcanzar hasta 10 años de vida útil, y la estructura de postes, unos 20 años. A lo largo de ese período, la protección frente al sol genera un recupero sostenido. Entre un 15% y un 20% de la fruta que normalmente se descarta por quemaduras solares puede comercializarse con calidad comercial. La ventaja más significativa aparece ante una granizada fuerte, que podría destruir gran parte de la producción. En ese caso, con un solo evento de esa magnitud, la inversión podría recuperarse en un año”, precisó Villarreal.
El costo de una chacra sobre otra
El secretario de Fruticultura de Río Negro, Facundo Fernández, aseguró a este medio que los costos de colocación de las mallas se equiparan al valor de mercado de la tierra, lo que, en la práctica, “representa el valor de una chacra sobre otra”.
“El gran tema es que hoy, para el productor frutícola de pepita, es muy difícil acceder a financiamiento, porque a veces la malla antigranizo vale más que la propia chacra. Es como poner una chacra sobre otra. Para tener una idea, una hectárea de tierra tiene un valor promedio de 15 mil dólares, mientras que una hectárea cubierta con malla cuesta unos 18 mil”, explicó el funcionario.
Desde la Provincia reconocen que el principal problema de los productores locales es la escasa posibilidad de acceso al crédito. De hecho, la Federación de Productores de Frutas de Río Negro y Neuquén hizo un llamado —ayer, en declaraciones al programa Mañana de Noticias— a la dirigencia política para que se generen condiciones que vuelvan más accesible esta herramienta.
“No hay financiación. Las tasas de interés no bajan del 42%, cuando nuestros competidores en el resto del mundo acceden a créditos a diez años con un 3% de interés. Para hacerlo competitivo hay que tener una visión estratégica, pero la realidad es que hoy no existen las herramientas económicas para que los productores puedan tomar esos créditos”, agregó.

Facilidades
En Río Negro está vigente desde 2017 el Programa de Financiamiento para la Instalación de Malla Antigranizo, una herramienta que otorga un crédito máximo de hasta 30 millones de pesos por beneficiario, destinado a la compra y colocación de estos tejidos de protección.
Actualmente, la tasa de interés se ubica en el 30% anual, con un costo administrativo adicional del 1,5%. El plazo de devolución es de 84 meses (siete años), con un período de gracia de hasta 12 meses a partir del desembolso del primer anticipo, que cubre el 40% del monto total del crédito.
Sin embargo, los valores de cobertura resultan bajos para los montes de gran escala. Lograr una protección total de la superficie productiva de los valles demandaría endeudamientos multimillonarios.
“Hicimos convenios con el CFI, pero la realidad es que el volumen de dinero que se necesita es tan alto que obligaría a la Provincia a endeudarse en las mismas condiciones que los productores, y esos valores son imposibles de afrontar. Es muy complejo si la macroeconomía no se adecua a esos créditos de inversión”, explicó Fernández.
Más allá de esa imposibilidad financiera, el funcionario señaló que el acompañamiento provincial se orienta en esa dirección: “Hoy la Provincia tiene toda la intención y trabajamos sobre dos ejes estratégicos de eficiencia para que el productor sea autónomo y tenga su cosecha asegurada: la malla antigranizo y el riego de defensa contra heladas. Pero, por ahora, solo el cultivo de cereza cuenta con una cobertura del 100%”, agregó.
Cambio climático
Las características climáticas de la región revelan que hoy la malla antigranizo es una necesidad. De hecho, las estadísticas de los últimos años evidencian modificaciones en los patrones de distribución de las precipitaciones y un incremento en la frecuencia de fenómenos climáticos extremos.
De acuerdo con el informe “Pautas tecnológicas: manzano y peral”, los valores medios del número de granizadas registradas en el Alto Valle oscilan entre cuatro y seis por temporada. El período de incidencia se extiende de octubre a marzo, con las mayores probabilidades de ocurrencia entre enero y marzo, lo que hace particularmente llamativo el episodio del lunes.
“La recurrencia es de media a alta para la mayoría de las localidades, aunque existen algunas con valores muy altos. El 33% de las localidades del Alto Valle se encuentran cercanas a los valores más altos de severidad, el 44% presentan severidad media y un 22% severidad baja”, señala el documento.
Durante ese período, los cultivos atraviesan tres momentos críticos: entre septiembre y octubre ocurre la floración y el cuaje de los frutos; entre noviembre y diciembre se desarrolla el crecimiento; y de enero a marzo se da la madurez y la cosecha.
