Un recuerdo personal – ir a comer hamburguesas con la abuela, a la salida de la escuela- fue el gatillo emocional. Pero “Un sueño made in Argentina: auge y caída de Pumper Nic», es mucho más que ese lazo emotivo con el pasado: es una historia profundamente argentina, de esplendor, de resistencia ante las crisis, de creatividad y de picardía criolla. También de coraje, del clásico “lo atamos con alambre” nacional y de la caída ruidosa.
El libro de la periodista Solange Levinton, ganador del III Premio de No Ficción de Libros del Asteroide, narra la historia del primer local de comida rápida que hubo en el país y de su dueño, de una empresa que llegó a facturar millones y a tener más de 60 locales, que superó casi todos los obstáculos políticos y económicos del país. Hay muchos condimentos alrededor de aquel recordado hipopótamo, de las Frennys, y el Mobur. Pero no todo es nostalgia.

Hay historias. La familia del dueño, Alfredo Lowenstein, por ejemplo. “La historia de la familia Lowenstein en Argentina empieza con el padre del creador de Pumper Nic, Luis Lowenstein, escapándose de la Alemania nazi. Éra un carnicero, judío, que vivía en un pueblito cerca de Frankfurt. Un día, el comisario del pueblo le dice: te tenés que ir porque mañana te tengo que venir a buscar. Es una historia como tantas otras de inmigrantes que tienen que salir con lo puesto para salvar su vida del nazismo”, cuenta la autora en una entrevista con Mañana de Noticias.
El carnicero que marcó el rumbo
“La idea era irse a Estados Unidos. Pero después de la gran depresión del 29, las cuotas de inmigrantes que podían entrar al país eran cada vez más restringidas, entonces, termina embarcándose rumbo a la Argentina sin saber muy bien qué era. Estuvo muy poco tiempo en Buenos Aires porque con su profesión en ese momento no tenía mucho para hacer. Otros inmigrantes le dicen que hay una colonia judía en Entre Ríos y ahí se va, con la esperanza de que la comunidad judía le pueda dar una mano», dice
«Así empezó: comprando y carneando una vaca, y vendiéndola, en una casa con techo de chapa. De a poco, fue creciendo de una forma muy exponencial. Todas las personas que lo conocieron, hablan de una persona con una capacidad de trabajo infinita, y además con una capacidad de anticiparse y ver el negocio. Se casó, puso una carnicería, empezó a mandar hacienda al mercado de Liniers en Buenos Aires, tuvo tres hijos varones en Basavilbaso. De ahí se muda a Buenos Aires, empieza a comprar ganado para mandarlo a las carnicerías, y en un momento termina fundando un frigorífico de exportación, que es como el grado más alto de cualquier persona que se dedica al rubro de la carne. Después de eso creó una empresa de bienes raíces en Miami”, resume Levinton.
Ese padre, que empezó de cero y se convirtió en un exitoso empresario, marcó el camino de sus tres hijos. Uno de ellos creó la marca Paty, otro puso un frigorífico de pollos. Y el otro tuvo que esperar a que se le ocurriera una idea alrededor del mundo “cárnico”. La iluminación le llegó en Miami, mientras visitaba a su padre.
Cada hijo, un negocio
“Lo que sucedió con ese padre tan totémico, tan volcado a los negocios y al trabajo, es que sus tres hijos varones tuvieron una infancia, una adolescencia, y una juventud muy competitiva. Para ganarse el apellido de Loewenstein y el respeto del padre debían crear su primer negocio, era como su forma de emanciparse”, cuenta Levintos que se pasó tres años investigando los orígenes de Pumper Nic.
“Tito, el mayor, funda Patty a los 20 años, que es la primera hamburguesa comercializada en Argentina. El del medio, que siempre era un poco más volado, hace un frigorífico de pollos en Entre Ríos. Alfredo, el más chico, viaja a los 27 años, con sus hijos, a Miami. Y ahí se le prendió la luz”, dice Levinton.
En el libro, lo cuenta así: “Ve a los clientes pidiendo comida, las máquinas registradoras facturando sin tregua, el mobiliario de colores vivos, las mesas con familias, amigos, parejas y jóvenes que parecieran divertirse y entonces, finalmente, se da cuenta. El proyecto que estaba buscando había estado siempre ahí, frente a sus ojos, disponible para cualquiera con el dinero para hacerlo y la insolencia para replicarlo”.
La historia
Pumper Nic abrió el 8 de octubre del 74. “Todo el mundo le decía que para el verano iba a tener que cerrar. La verdad es que en eso Alfredo tuvo una mirada también muy acertada, muy aprendida de su padre. Se dijo que eso iba a funcionar y que había que darle tiempo. La verdad es que si bien en los primeros 10 días cuentan que no entró nadie al local, que estaban todos ahí esperando, que la gente no ha entraba porque no sabía qué era, no entendía qué era ese restaurante con mesas sin patas, con tacho de basura con forma de hipopótamo, con la cocina a la vista sin cocina, porque eran máquinas”, dice.

Tuvo razón. En pocos meses se convirtió en un éxito, impulsado sobre todo por los jóvenes, que respiraban ahí una bocanada “de futuro”. “Era como tener un portal al futuro, una sucursal de Estados Unidos. Si bien acá llegaba en cuentagotas, en las historietas, con imágenes de algunas películas, esto de la comida rápida resultó como la promesa de modernidad para los jóvenes. Hasta ese momento, ir a comer era algo que te daba estatus o que hacías con tus padres, no existía esa chance de estar con tus pares”.
Pero la historia de Pumper Nic es también una parte de la historia Argentina. Los locales, y su burbuja de diversión adentro, contrastaba con la violencia, las crisis, y todo lo que ocurría afuera. “1974 es un año marcado por la muerte de Perón. Pumper abre en pleno gobierno de Isabelita Perón, con la AAA muy activa, con la guerrilla. Las tapas de los diarios eran una masacre. Pumper atravesó la violencia, el rodrigazo, la dictadura, el regreso democrático, los cortes programados de electricidad”. El libro teje la trama empresaria en paralelo a los avatares argentinos.
La tormenta perfecta
El crecimiento de Pumper se potenció con el regreso de la democracia y siguió, como si fuera inmune a la hiperinflación. Después, el horizonte se llenó de nubarrones: la primera nube apareció en 1986, con el desembarco de McDonald’s. En 1989 se sumó Burger King. La tormenta perfecta estaba por ocurrir.
“Fue una idea maravillosa, de una persona que la vio antes que cualquier otra persona. Fue única y monopólica durante 12 años. Pumper fue el producto final de una tormenta perfecta, porque si bien McDonald’s llega en el 86 recién, como tenía manuales muy rigurosos, tardó mucho en expandirse y en convertirse en una amenaza. Pero sí pusieron de manifiesto que los consumidores podíamos elegir. Y entonces, conocimos otra cosa: nos dimos cuenta que el servicio no era tan bueno, que la limpieza no era tan limpia, que la uniformidad en los locales no era tan uniforme. Y además, las franquicias de Pumper empezaron a descontrolarse mucho: en algunos locales se vendían empanadas, yogurt. El hermano del medio de Lowenstein, puso videoclubs en sus Pumper Nic, otros tenían casas de cambio. Se desvirtuó peligrosamente”, dice.
El final es amargo, una caída estrepitosa. En 1995, durante el gobierno de Carlos Menem, la familia Lowenstein, ya volcada a otros negocios (incluido el Paseo de la Infanta y un shopping), vendió la empresa: muchos sospechan que se trató de un vaciamiento liderado en las sombras por sus propios fundadores. Hubo despidos, incumplimientos de pagos, deudas, juicios, desalojos. Pumper cerró para siempre. Sólo queda el recuerdo, la historia y la nostalgia.
Escuchá la entrevista con Solange Levinton, autora de “Un sueño made in Argentina: auge y caída de Pumper Nic», en Mañana de Noticias.

