Tocas frases resultan tan reconfortantes para el oído popular como aquella que proclama que “los ricos deben pagar más impuestos”. Se presenta como una verdad moral indiscutible, una bandera de justicia social. Sin embargo, detrás de esa consigna hay un profundo desconocimiento sobre cómo funciona la economía real y las finanzas públicas. Porque la verdad incómoda es que todo impuesto, visible u oculto, termina en el precio de lo que consumimos. Por lo tanto, lo paga el ciudadano común.
El mito y la realidad
La mayoría de los tributos, con excepción de algunos impuestos patrimoniales, como el inmobiliario o automotor cuando no están asociados a una actividad productiva, se incorporan al costo de los bienes y servicios. En el proceso económico, cada empresa o profesional agrega al precio no solo sus costos operativos y su margen de ganancia, sino también la suma de todos los impuestos que el Estado le impone directa o indirectamente porque no dejan de ser un costo por el ejercicio de la actividad.
Algunos son visibles, como el IVA, que aparece en la factura. Pero muchos otros son ocultos y se acumulan silenciosamente en cada etapa: Ingresos Brutos, tasas municipales, contribuciones patronales, aranceles, derechos de importación, Impuesto a las Ganancias, Bienes Personales sobre activos productivos, o los innumerables formularios y registros que encarecen la burocracia. Todo eso se traduce en mayores precios para el consumidor final. Es decir: no hay bien o servicio en Argentina que no esté cargado de impuestos.
La ilusión del “impuesto a los ricos”
Cuando un gobierno anuncia de manera rimbombante que va a “gravar a los ricos”, en realidad está diciendo que va a encarecer la producción y el consumo para todos. El empresario no asume el costo: lo traslada. El comerciante no lo absorbe: lo incluye en el precio. Y el trabajador, aunque crea estar exento, termina pagando la cuenta con su salario cada vez que compra algo, incluso en el mercado informal.
El sistema tributario argentino no castiga la riqueza: castiga la productividad y el trabajo. Y lo hace con una eficacia tan invisible como devastadora. Y tan devastadora que convierte nuestras ventajas naturales en desventajas competitivas.
El ciudadano común, verdadero sostén del Estado
La ficción de que los ricos pagan los impuestos permite mantener a la sociedad tranquila, mientras el Estado crece y se financia a costa de todos. El ciudadano que cree estar “a salvo” porque no tributa Ganancias ni Bienes Personales, ignora que en cada compra diaria paga proporcionalmente más impuestos que cualquier millonario. Cada litro de nafta, cada kilo de pan, cada factura de luz o servicio telefónico está cargado de tributos que multiplican el costo y reducen su poder de compra.
Por cada $ 1000 que un empleador destina al sueldo de un trabajador, este percibe para si solo $ 320,40, la diferencia se la queda el Estado con aportes y contribuciones e impuestos directos, tasas e impuestos al consumo como IVA e Ingresos Brutos.
El resultado es un sistema profundamente regresivo, donde los que menos tienen destinan una proporción mayor de su ingreso al sostenimiento de un Estado ineficiente que promete equidad y entrega pobreza.
Conclusión: este mito que sostiene la decadencia
El relato de que “los ricos pagan los impuestos” es el eufemismo perfecto: disfraza la voracidad del Estado y anestesia la conciencia ciudadana. En realidad, cada argentino paga impuestos todos los días, incluso sin notarlo. Y mientras la política siga explotando esa ignorancia, seguirá siendo posible anunciar nuevos tributos con discurso moral y consecuencias económicas devastadoras.
Porque en un país donde todo lo que se produce, distribuye o consume está gravado, no hay ricos que paguen por los demás: hay un pueblo que paga por todos.
(*) Contador público

