Hubo que esperar 68 años para que “El eternauta”, el cómic de Héctor Germán Oesterheld, dibujado por Francisco Solano López, llegue a una pantalla. No es algo a lo que estemos acostumbrados en épocas aceleradas, que celebran la eterna juventud, pero el tiempo, la espera, y los años, pueden jugar a favor.
Estrenada el miércoles 30 de abril, en Netflix, la versión dirigida por Bruno Stagnaro y protagonizada por Ricardo Darín, con los seis capítulos de la primera temporada, rápidamente se convirtió en un enorme tema en las redes sociales y se ubicó primera en audiencia en Argentina y en buena parte de América latina, y tercera a nivel mundial. Muchos directores quisieron llevar este clásico de la literatura de ciencia ficción argentina a la pantalla grande, pero aún con nombres que van de Pino Solanas a Lucrecia Martel, el proyecto se diluyó por razones económicas y tecnológicas. El respaldo de Netflix -la inversión de Netflix-, las posibilidades técnicas actuales, y la capacidad inclinaron la balanza, ahora, a favor del creador de “Pizza birra, faso” y de la serie “Okupas”.
El inicio de “El eternauta”
Originalmente, “El eternauta” fue publicado entre 1957 y 1959, por entregas, en la revista Hora Cero. Para quienes no conocen la trama, en muy pocas palabras, contaba -cuenta- una historia ambientada en un verano, en Buenos Aires, en la que sorpresivamente se corta la luz y comienza a caer una nevada mortal, lo que obliga a las personas a refugiarse y a buscar la forma de sobrevivir. Pero la toxicidad del ambiente y unos enormes “cascarudos” que aparecen no son la única amenaza: los hombres se enfrentan a una fuerza misteriosa y mucho más poderosa.
La tira ofrece y tuvo muchas lecturas políticas y apropiaciones. Las ofrece porque no deja de ser una alegoría sobre el concepto de “héroe colectivo”, e incluso una metáfora sobre la resistencia humana y cultural frente al avance de un gobierno dictatorial, representado por los extraterrestres. Aunque fue escrita originalmente en los 50, la segunda parte se completó en 1976, con Oesterheld ya en la clandestinidad, antes de que la dictadura militar lo hiciera desaparecer junto a sus cuatro hijas (dos de ellas embarazadas).
En la original, el protagonista y sus amigos son jóvenes, y todo ocurre en aquella década del 50. Stagnaro decidió traer la historia a nuestros tiempos. Esto significa que hay celulares, wifi, gente que trabaja en el reparto de comida en bicicletas, supermercados chinos, argentinos que emigraron, vecinos que protestan cacerola en mano para reclamar por los cortes de luz, un pasado que incluye la Guerra de Malvinas y también el triunfo de la Scaloneta. La Argentina de hoy.
La edad y lo colectivo
Pero no sólo eso. Además de iniciar el relato en un velero, con tres adolescentes (algo que no figuraba en el original), y dejar para el último capítulo lo que en en 1957 quedaba claro desde el principio con respecto al eternauta, aquí, en la serie, el protagonista y sus amigos tienen más de 60 años. No es un detalle menor. Aunque la frase más usada en el marketing de la serie es que “el verdadero héroe de El Eternauta es el héroe colectivo” por eso de que nadie se salva solo, lo que más se respira es la idea de que lo viejo sirve.
Aquí, el héroe no es un adolescente que debe adaptarse a su nuevo rol y traje, ni un joven musculoso y atlético. El héroe de “El eternauta” se llama Juan Salvo, tiene más de 60 años, problemas auditivos, y es un ex combatiente de Malvinas que cada tanto tiene flashbacks en los que revive aquellos días traumáticos (y otras cuestiones que no vale la pena adelantar). Sus amigos -el tano Favalli, Polsky y Lucas- son, como él, hombres maduros que comparten todavía el placer de una noche de truco y whisky mientras escuchan discos de vinilo (de los de antes, no en aparatos modernos).

La nieve mortal
Justamente en uno de esos viernes de truco, un febrero caluroso en Buenos Aires, se corta inesperadamente la luz y comienza a nevar. Los amigos, que están en la casa de Favalli, pronto advierten que la nieve es mortal y que para salir deberán armarse trajes especiales. Y es entonces donde, otra vez, lo viejo sirve. Pronto advertirán que muchas cosas “de antes” resisten a la invasión.
Y ese lema, el de lo viejo, se impone incluso al héroe colectivo. Aquí, ni siquiera Salvo cree tanto en eso de que “nadie se salva solo”. Todos -él incluído- tienen dobleces, desconfianzas, ganas de que lo individual se imponga a lo colectivo. Salvo, por ejemplo, se pregunta por qué debe perder tiempo con un adolescente irritable en vez de ir a buscar a su hija, que sigue desaparecida. Y aunque está claro que sólo la unión puede arrimar a la victoria, no hay ningún subrayado de la épica.

La epopeya de los personajes de “El eternauta”
Se trata de sobrevivir y nada indica, parece decir Stagnaro, que la gente en general y el grupo en particular, se vaya a comportar ante una amenaza sobrenatural de modo distinto a como se comporta ante los dilemas cotidianos, imaginarios o reales, de los migrantes o los pobres o los políticos. A partir de ahí, de ese terreno poco estable y con contradicciones, crece la epopeya de los personajes: hombres comunes, sin superpoderes, que -desconfiados a veces, con miedo- elaboran un plan colectivo para intentar sobrevivir.
Para los argentinos, la serie está llena de detalles cotidianos, pero sin la pasión futbolera de la argentinidad al palo. Es argentina en detalles, sutiles a veces, contundentes en otros casos. Hace referencia a la crisis del 2001, a los cortes de luz, a los que emigraron en ese año de crisis.
En “El eternauta” se juega al truco y se usan palabras propias del léxico entre amigos, hay guiños, mucha publicidad, pero parecen puestas para que como espectadores señalemos, encantados, risueños, para que nos emocione la foto de la scaloneta, chiquita, poco visible, en un llavero; para que nos detengamos en un graffiti de Maradona, o en la réplica de la estatua de la Libertad que está en Munro.
Y aunque parte del éxito y el encanto reside en lo bien hecha que está, con autos amontonados en plena General Paz, con esos bichos temibles, con esa nieve que lo invade todo, con buenas actuaciones y un gran guión (que es de Stagnaro y de Ariel Staltari, que además actúa) lo importante sigue siendo la historia y la gente. Dos cuestiones que no han perdido vigencia, aunque hayan pasado 68 años. Lo viejo sirve.


