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Jorge Vuano: cuando el cine era el único programa en Roca

Entre los 60 y fines de los 70, el cine era uno de los pocos programas posibles en Roca. Jorge Vuano, un testigo privilegiado de aquellos tiempos, recuerda la época dorada de la sala Roca: los estrenos, la etiqueta, los traspiés, los mejores momentos y los más emotivos.

Ahora, en la casa de Jorge Vuano, hay un sillón y un televisor gigante. A él le hubiera gustado comprar las viejas butacas de alguna de las salas que hubo en la ciudad. Pero no se queja. Dos veces a la semana, en ese lugar, se sienta a mirar películas junto a Liliana, su mujer. Eligen entre las que ganaron el Oscar, las italianas, las que llegan de India, japonesas. Le tomó el gusto al cine a los cinco años, cuando su mamá y su papá trabajaban en el viejo cine Roca, sobre la avenida que lleva el mismo nombre y cuando la ciudad era tan chica que la numeración era 336. Él estaba obligado a acompañarlos así que mientras sus padres trabajaban – ella en el kiosco, él en la administración- Jorge se sentaba y miraba películas -todas- y también subía a la cabina de proyección.

Ahora, a sus 70 años, recuerda no sólo lo que se veía, sino también la tensión de la espera de las películas que llegaban en tren, las colas que se formaban para ir a ver “Ben Hur”, o “Doctor Zhivago”, las reacciones del público cuando la proyección sufría algún contratiempo, la gloria, y el ocaso.

Los comienzos

Los padres de Jorge Vuano llegaron a Roca en 1953. Como trabajaba en Argentina Sonofilm, en Bahía Blanca, el dueño del cine, Domingo Esteban, le propuso llevar su experiencia al cine Roca. Vuano se tomó un año de licencia sin goce de sueldo en su trabajo original y, recién casado, resolvió probar suerte en Roca. No se fue nunca más. Acá nació su hijo, Jorge, y ahí, en ese mismo cine, transcurrió buena parte de la historia familiar.

“En un momento, mi papá convenció a mi madre de que trabajara en el kiosco del cine. Al estar trabajando los dos a la noche ahí -mi papá estaba todos los días, mañana, tarde y noche- yo me tenía con ellos. Así que desde los cinco años, salvo las películas prohibidas porque mi papá era muy estricto, vi todo lo que se proyectaba”, dice ahora Jorge.

Del día de damas al estreno

Todo lo que se proyectaba tenía una secuencia especial: “Los lunes era Día de Damas, con películas argentinas, protagonizadas por ejemplo por Tita Merelo; los martes muchas veces repetían las que habían dado el fin de semana en el Cine Rex; los miércoles se veían películas italianas, del neorrealismo, o inglesas, películas de nivel; los jueves ya no recuerdo, y los viernes, sábado y domingo repetían las mismas películas, el estreno. El domingo se proyectaban en matiné, ronda y noche”, enumera. “Los miércoles eran películas de culto. Era el día que menos gente iba, pero iba gente a la que le gustaba mucho el cine”, dice.

Los estrenos, aunque lo eran para la región, llegaban tres meses después que a Buenos Aires. Pero Vuano recuerda que entre esos estrenos, hubo dos que fueron récord: “Ben Hur” y «Doctor Zhivago». Tuvieron que dejarlas más días en cartel porque todo el mundo quería verlas. La cola daba vuelta a la manzana y siempre se llenaba la sala de 970 butacas.

Todo ese furor se terminó a mediados de los 70, “cuando vino la televisión. Y después vinieron los videos, y peor todavía. Después, la diversión de la noche se planteó en otros lugares y en otros términos. Pero hasta los años 70 inclusive, el cine era la única diversión que había en Roca y en la región. Y además, era una diversión barata: una entrada salía, por acuerdo general, un dólar, salvo los días lunes que salía 50 centavos de dólar, que era el día de las damas”, recuerda Vuano.

Los recuerdos

Le gusta recordar. Algunos recuerdos lo hacen reír. Otros lo hacen lagrimear. Hay uno que lo emociona tanto que le pide a su mujer que lo termine. Por la edad a la que comenzó a ir al cine, por todo lo que aprendió y vivió en la sala, por conocer el detrás de escena de las proyecciones (cuando “los curitas iban a cortas escenas”, o cuando “había que correr del Roca a Rex en el intervalo para llevar la película al otro cine”, o cuando desde el público maldecían al proyectorista porque algo había salido mal), por todo eso, hay un día en especial que lo hace llorar.

Ese día ocurrió en 1990. El padre de Vuano ya no trabajaba en el cine; él tampoco iba. Pero en febrero de ese año sonó el timbre de su casa y se sorprendió al ver a Amado Fiad, el operador del cine, el hombre “que más sabe de cine en Roca” y con el que compartió tantas películas desde la sala de proyección.

-Vengo a hacerle una invitación- le dijo- Quiero que venga a ver “Cinema Paradiso”, conmigo, en la cabina de proyección. Es nuestra vida- le dijo Fiad.

A Jorge Vuano se le caen las lagrimas. Aceptó la invitación. Después vio “Cinema Paradiso” muchas veces más. La obra de Giuseppe Tornatore es una declaración de amor al cine. El filme, que ganó el Oscar a la mejor película de habla no inglesa, narra la historia de Salvatore, Toto, un niño de un pueblito italiano en el que el único pasatiempo es ir al cine. Alucinado por las imágenes en movimiento, el chico está convencido de que el cine es pura magia. Un día, Alfredo, el operador, le enseña los misterios que se ocultan detrás de una película. Salvatore crece, y se va del pueblo. Treinta años después recibe un mensaje: debe volver a casa. El cine ya no es lo que era.

-Él era Alfredo y yo era Totó- vuelve a emocionarse Vuano, que recuerda aquellos años en los que muchas veces debía correr en el intervalo para llevar el rollo de película al cine Rex (que estaba a una cuadra). También recuerda que debía esperar el tren de las 20:30 que traía la película que se exhibía a las 21:15. “Una vez, llegó tan jugado el material que no hubo tiempo de chequearlo. Los rollos venían numerados -1,2,3,4- y esa vez, lo pusimos en el orden que decía, sin corroborar, si estaba bien. Estaba mal: en el rollo tres, el cacique moría. Y en el 4 estaba vivo otra vez!, Desde la sala puteaban”, se ríe ahora.

El rol del tren

No sólo el cine era fundamental. También el tren. “Las películas llegaban en el ferrocarril, que pasaba por Roca cerca a las 20, 20:30. MI papá siempre tenía por si acaso unas películas extras por si se retrasaba. Si no llegaba la película, que a veces pasaba, les avisaba a los que habían comprado la entrada. Algunos la devolvían. Otros, ya se habían preparado para ir al cine, que era de etiqueta, y se quedaba”, cuenta.

En los ochenta, con la televisión a color y la competencia de los VHS y los clubes de alquiler de películas, el cine perdió su brillo. Su padre ya estaba jubilado. Él se había ido a estudiar a La Plata. “Fue decepcionante. Y no se trataba de una cuestión económica. Se trataba de una decepción enorme porque la gente ya no se interesaba por algo que vos amás. Es entendible, por supuesto, así debe ser. Pero igual, a vos te empieza a doler y ves que a la gente ya no le interesa lo que vos querés, entonces el dolor es doble. Porque aquello que formaba parte de la comunidad, de las salidas, de los encuentros, de un montón de cosas, ya nadie le da bola. Quedás solo. Yo no lo experimenté tanto. Pero mi papá si”, dice.

En la casa de Vuano hay un espacio especial, un escritorio que funciona como su guarida. Como su memoria. Ahí tiene su computadora, viejas películas, retratos de Luis Sandrini y de Ringo Bonavena -a quien conoció una vez que vino a Roca a hacer una exhibición- la vieja numeración del cine Roca -Avenida Roca 336- y una chapa con el título de una de sus películas favoritas “Lo que el viento se llevó”.

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