En el debate sobre la conformación de listas a diputados y senadores aparece una crítica recurrente: “Son siempre los mismos de siempre”. La falta de outsiders y la repetición de dirigentes profesionales generan un contraste con una ciudadanía que atraviesa un ciclo de apatía política y desconfianza hacia el sistema.
Sin embargo, esta aparente contradicción tiene explicaciones más profundas. La forma en que la gente vota, la lógica de los partidos profesionales, las experiencias locales de outsiders y la paradoja entre apatía y validación ayudan a comprender por qué el sistema político argentino funciona de esta manera.
1. El ciudadano no busca al “más bueno”, sino al que resuelve
Lo primero que hay que señalar es que, cuando vota, el ciudadano no elige a la persona más buena, más honesta o más formada. La lógica del voto está guiada por la búsqueda de alguien que pueda resolver problemas concretos: inseguridad, corrupción, inflación, educación, empleo.
En estudios de opinión cualitativos realizados en 2023 evidenciamos que, aunque la gente pueda valorar positivamente a una persona “buena”, eso no alcanza para que la voten. El voto se dirige hacia aquel que transmite la impresión de capacidad para resolver.
Por eso, no debería sorprendernos que las listas estén integradas por dirigentes que ya ocupan cargos: la ciudadanía puede criticarlos, insultarlos, pero a la hora de elegir prioriza la experiencia y la percepción de eficacia.
2. Una democracia de clubes electorales
Otra interpretación de esta situación es más estructural: la democracia representativa actual no garantiza plena representación ciudadana. Hoy lo que predomina son frentes electorales que funcionan como organizaciones hiperprofesionales con un objetivo claro: ganar elecciones.
Esto significa que ya no tenemos “partidos de trabajadores”, “partidos verdes” o colectivos que representen de manera directa identidades sociales claras. Lo que hay son clubes electorales, con políticos profesionales que disponen de recursos, tecnología y estrategias para competir.
En ese esquema, es lógico que los espacios prioricen a dirigentes experimentados: son quienes conocen el “oficio electoral” y aseguran competitividad en las listas, aunque la ciudadanía los perciba como “los mismos de siempre”.
3. El caso de Río Negro y los outsiders
Si miramos la experiencia en Río Negro, la irrupción de outsiders ha sido limitada y, en general, poco exitosa. La única excepción relevante es Aníbal Tortoriello, empresario que llegó a intendente de Cipolletti y luego a candidato a gobernador, aunque terminó absorbido por la lógica del sistema.
El resto de intentos de outsiders no prosperó. Esto refuerza la idea de que la política profesional termina imponiéndose: los outsiders, salvo casos puntuales, carecen de la persistencia y habilidades de la política profesional necesarias para consolidarse en el tiempo.
4. La paradoja: apatía y validación
La ciudadanía vive hoy una etapa de apatía política, con menos entusiasmo y más distancia respecto de las elecciones. Sin embargo, esta misma ciudadanía termina validando –aunque sea de manera resignada o con bronca– a los políticos tradicionales, porque son quienes aparentan tener los medios para dar respuesta.
La paradoja es clara: los votantes reclaman renovación y critican la falta de outsiders, pero a la hora de votar, prefieren a los políticos profesionales que transmiten capacidad de gestión, aunque los identifiquen como parte del problema.
Así, lo que parece una contradicción –apatía creciente y oferta repetida– es, en realidad, una tensión estructural del sistema político argentino: los ciudadanos quieren cambios, pero buscan certezas; cuestionan a “los mismos de siempre”, pero los terminan eligiendo porque la prioridad es resolver problemas inmediatos.
(*) Politólogo. Consultor en comunicación política.

