La baja del riesgo país suele presentarse como una noticia destinada exclusivamente a los mercados financieros. Se la analiza como un indicador que interesa a bancos, inversores o analistas económicos, pero poco se explica la importancia para ciudadano común.
El verdadero valor de una reducción sostenida del riesgo país no radica en el indicador en sí mismo, sino en las oportunidades que genera para transformar la economía de cualquier país.
Cada punto que disminuye el riesgo país reduce el costo al que el Estado puede financiarse. En otras palabras, permite refinanciar la deuda pagando tasas de interés más bajas y por lo tanto, destinar menos recursos al pago de intereses. Esto produce un ahorro financiero que abre la posibilidad de decidir sobre el destino de esos recursos.
A mi entender, allí comienza la segunda etapa del programa económico argentino.
Riesgo país, estabilidad y costo de la deuda
Toda economía necesita reglas previsibles para crecer y cuando un gobierno alcanza el equilibrio fiscal, elimina el financiamiento monetario del déficit y transmite la decisión de sostener cuentas públicas ordenadas, comienza a recuperar la confianza de quienes invierten y financian al país.
La consecuencia natural de ese proceso es una reducción del riesgo país. Que no se trata de un premio de los mercados, sino del reflejo de una menor percepción de riesgo respecto de la capacidad del Estado para cumplir sus compromisos. Este ese logro es apenas el punto de partida.
Una vez recuperada la credibilidad, el Estado puede acceder al crédito en mejores condiciones. Cada punto que baja la tasa de interés representa millones de dólares que dejan de destinarse al pago de intereses. Es un ahorro silencioso, resultado de haber recuperado la confianza, generando mayor disponibilidad de recursos.
La confianza que todavía falta recuperar
La reducción del riesgo país representa una señal clara de que Argentina comienza a recuperar la confianza de quienes la financian. No obstante, el verdadero desafío es aún mayor, recuperar la confianza de los propios argentinos.
Durante décadas, millones de personas eligieron ahorrar en dólares fuera del sistema financiero porque dejaron de confiar en el peso y en las instituciones producto de la inestabilidad de las reglas de juego. Los llamados «dólares bajo el colchón» no son solamente un fenómeno monetario, son la expresión de una historia de inflación, devaluaciones, confiscaciones y cambios permanentes de política económica.
Así como el riesgo país mide la confianza de los mercados en la Argentina, la decisión de los argentinos sobre dónde mantener sus ahorros refleja el grado de confianza en su propia economía.
Por eso, la próxima etapa del programa económico no se limita a consolidar la confianza externa. También procura reconstruir la confianza interna, generando las condiciones para que el ahorro privado vuelva gradualmente al sistema financiero y se transforme en crédito para la inversión, la producción y el empleo.
Ese proceso puede convertirse en uno de los motores más importantes del crecimiento. Un sistema financiero con mayor volumen de depósitos dispone de más recursos para prestar y, en consecuencia, puede ofrecer mejores condiciones de financiamiento a tasas más bajas, especialmente para las pequeñas y medianas empresas, que hoy enfrentan tasas de interés que muchas veces dificultan o directamente impiden concretar nuevos proyectos de inversión.
Sin embargo, el crédito por sí solo no alcanza. La decisión de invertir depende también de la rentabilidad esperada. Por eso, la recuperación de la confianza de los argentinos, el fortalecimiento del crédito productivo y una reforma tributaria estructural que elimine impuestos distorsivos no son objetivos independientes, sino partes de una misma estrategia de desarrollo.
Solo cuando esos tres procesos avancen de manera simultánea, la estabilidad macroeconómica dejará de ser un objetivo en sí mismo para convertirse en crecimiento sostenido, mayor competitividad y por sobre todo en mejores salarios reales.
El ahorro financiero debe convertirse en ahorro tributario
Este ahorro de recursos que el Estado deja de gastar en intereses, debería destinarse a una transformación estructural del sistema tributario, porque la estabilidad macroeconómica, por sí sola, no garantiza el crecimiento. Puede eliminar la incertidumbre, pero no alcanza para resolver el elevado costo de producir.
El verdadero problema no es cuánto se recauda, sino cómo se recauda. Ingresos Brutos, el Impuesto de Sellos, otros tributos distorsivos e incluso tasas municipales, incrementan el costo de producir, contratar, financiarse y comercializar. Esos costos terminan trasladándose al precio que paga el consumidor y a la perdida competitividad de los productos exportable.
La reforma tributaria como política de crecimiento
Eliminar gradualmente estos impuestos no implica desfinanciar al Estado. Significa invertir en competitividad. Con menores costos tributarios las empresas pueden invertir, exportar y generar empleo. Una economía más dinámica amplía la base imponible y permite recaudar mejor.
Significa también, menores precios de bienes y servicios que los ciudadanos consumen diariamente. Consecuentemente esto genera un incremento del salario real y un fuerte impulso en el consumo interno.
La verdadera reforma tributaria no consiste en recaudar menos. Consiste en recaudar sobre una economía más grande.
La etapa que viene
El equilibrio fiscal fue indispensable para estabilizar la economía. Pero la siguiente etapa consiste en transformar esa estabilidad en crecimiento. La baja del riesgo país no debe ser el punto de llegada. Debe ser el puente hacia la confianza interna y a un sistema tributario moderno, simple y federal.
El verdadero éxito de un programa económico no se medirá únicamente por cuánto haya descendido la inflación y el riesgo país, sino por cuánto haya logrado reducir el costo de producir en Argentina, aumentar el salario real y convertir el crecimiento económico en una realidad sostenible.
Una reflexión final, surgida de la experiencia
A lo largo de mi vida profesional me ha tocado atravesar numerosas crisis económicas. He visto planes que comenzaron con entusiasmo y terminaron frustrando nuevamente nuestras expectativas. Casi todos tuvieron un denominador común; Frente a cada dificultad, la respuesta fue crear nuevos impuestos, aumentar los existentes o convertir tributos transitorios en permanentes. Quizás por eso comprendo el escepticismo de muchos.
Pero también creo que hoy estamos frente a una oportunidad diferente. Si logramos consolidar la estabilidad macroeconómica, recuperar nuestra confianza en el peso, las instituciones y avanzar en las reformas estructurales que todavía están pendientes, nuestro país puede iniciar un proceso de crecimiento que hace muchos años no experimenta.
Argentina no necesita descubrir nuevos recursos porque ya los tiene. No necesita inventar un nuevo capital humano, porque también lo tiene. Tiene empresarios que invierten aun en la incertidumbre, trabajadores capaces, profesionales reconocidos en todo el mundo, científicos, emprendedores y una enorme riqueza en recursos naturales.
Durante mucho tiempo nos faltó un entorno que premiara el esfuerzo, la inversión y el trabajo. Podría afirmar que nos faltó algo más profundo, volver a confiar en nosotros mismos. Por eso los argentinos comunes, quienes hemos sido los más afectados por estos procesos, debemos comprender que estamos ante una oportunidad histórica, por nosotros y por nuestros hijos.
Dependerá de nuestros dirigentes sostener un rumbo económico coherente, pero también dependerá de nosotros acompañar ese proceso, invertir, producir, emprender y creer nuevamente en nuestro país.
(*) Contador Público y Especialista en Tributación.

