Nuestro sistema jubilatorio fue concebido como un compromiso legal y solidario: cada trabajador debe aportar mensualmente durante su vida activa para acceder, al final del camino, a una jubilación digna. El Estado exige ese cumplimiento con rigor: si no aportamos, nos sanciona.
Pero cuando es el propio Estado —nacional o provincial— el que incumple, lo hace sin consecuencias, amparado en su poder y en el silencio cómplice de una clase política que ha desmantelado, pieza por pieza, la credibilidad del sistema.
Nos dijeron que las AFJP eran el problema, y cuando muchos todavía defendíamos la propiedad de nuestros fondos —porque eran nuestros, no de las administradoras—, el Estado decidió quedarse con ellos sin pedir permiso.
Fue una expropiación sin debate, sin justicia, sin opción. Lo que era patrimonio de millones de trabajadores, terminó convertido en caja para gastos corrientes, en manos de gobiernos que ya no tenían ni la capacidad ni la voluntad de cuidar el futuro de nadie.
Río Negro y su degradación
En Río Negro, como si fuera poco, la política previsional se degradó aún más.
Por un lado, se sancionó la Ley 4640, que permite a miles de empleados públicos aportar de forma plena recién en los últimos diez años de su vida laboral. Una ley inconstitucional, a todas luces, que desfinancia el sistema nacional y perpetúa una estafa intergeneracional.
El sistema jubilatorio docente
Por otro lado, en el sector docente se aplicó una trampa aún más perversa: durante décadas, el Estado provincial pagó sumas no remunerativas —fuera de cualquier marco legal—, esquivando deliberadamente los aportes jubilatorios.
No fue un error administrativo: fue una política de largo plazo, sostenida en el tiempo, que perjudicó a miles de docentes que hoy ven su haber jubilatorio recortado y distorsionado.
¿Qué futuro puede tener un régimen previsional donde unos cumplen toda la vida y otros sólo lo hacen cuando están por jubilarse? ¿Tiene sentido exigir al sector privado lo que el propio Estado se niega a cumplir? ¿Qué equidad es posible en un sistema que naturaliza el privilegio como norma?
El eslogan de ocasión
Y mientras tanto, los políticos, con indignación fingida, repiten el eslogan de ocasión: “Con los jubilados no”. Pero con los jubilados sí. Sí se juega, sí se especula, sí se ajusta, sí se miente.
Porque no hay ningún interés real en reparar el daño que han hecho. Y porque los verdaderos privilegiados no son los jubilados, sino los que legislan para sí mismos y se aseguran retiros dorados mientras condenan al resto a vivir con lo justo.
Es hora de decirlo con todas las letras: la política destruyó nuestro sistema jubilatorio. No lo hizo de un día para otro. Lo hizo con cada ley injusta, con cada privilegio encubierto, con cada silencio cómplice. Y lo seguimos permitiendo.
(*) Contador público.

