Los argentinos arrastramos desde hace décadas un sistema tributario injusto, distorsivo y asfixiante. Castiga al que produce, desalienta la inversión y estimula la evasión. No promueve la equidad ni impulsa el desarrollo.
Los impuestos nos acompañan desde que nacemos hasta que morimos. Gravan el trabajo, el consumo, el ahorro, la vivienda, la herencia, hasta la muerte misma.
Como dijo alguna vez un personaje de cine: “De lo único que no podemos escapar es de la muerte y los impuestos”.
Si es así, entonces no pueden ser ajenos a nuestro control ni a nuestra conciencia. Si los impuestos son inevitables, también deben ser justos, razonables y transparentes. No podemos resignarnos a que nos esclavicen silenciosamente.
Debemos involucrarnos, alzar la voz y exigir que se nos escuche. Porque cada peso que pagamos al Estado es un acto de confianza. Y esa confianza hoy está rota.
Una reforma profunda
La realidad es innegable: si queremos crecer, tenemos que reformar profundamente el sistema tributario. Y no sólo desde la Nación. También desde las provincias y los municipios, que son responsables directos de gran parte de la presión impositiva que afecta a ciudadanos, emprendedores y pymes.
El presidente de la Nación ha dicho que la reforma tributaria es el desafío más importante que enfrenta el país. Estoy convencido de que tiene razón.
EL sistema tributario de Río Negro
Pero también es un desafío para nosotros, los rionegrinos. No podemos seguir reproduciendo viejos esquemas que empobrecen al sector privado mientras sostienen estructuras políticas que no rinden cuentas.
Por eso, propongo a la ciudadanía de Río Negro que empecemos a exigir que quienes pretendan representarnos —en el Congreso, en la Legislatura, en los concejos deliberantes y en los ejecutivos locales— asuman un compromiso claro y público con una reforma tributaria nacional, provincial y municipal basada en estos principios:
– Simplificación fiscal: menos impuestos, más simples, más claros.
– Competencia fiscal positiva: que Río Negro sea ejemplo de eficiencia y no de voracidad recaudatoria.
– Premiar al que produce: dejar de castigar con impuestos al que invierte, trabaja y crea valor.
– Transparencia y contraprestación: que el Estado justifique cada peso que cobra.
– Descentralización con responsabilidad: que municipios y provincias compitan por atraer talento, inversión y trabajo, no por aumentar la carga impositiva.
Una nueva cultura fiscal
Es hora de construir una nueva cultura fiscal: una donde el Estado respete al contribuyente y no lo considere una fuente inagotable de recursos, y donde el ciudadano entienda que pagar impuestos debe ser parte de un contrato social justo, no una imposición sin sentido.
Este es el rumbo que debemos profundizar si queremos despegar. Río Negro puede y debe ser parte del cambio. Es momento de elegir representantes que tengan la valentía de impulsar estas reformas, no de seguir administrando el statu quo.
Los tiempos han cambiado. El país se está animando a cambiar. Río Negro no puede quedarse atrás.
(*) Contador público.

